Sobre la Estructura Obsesiva

s. f. (fr. obsession; ingl. obsession; al. Zwangsvorstellung, Zwangshandlung).

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Una definición de la obsesión y la compulsión

La Obsesión es el trastorno psíquico caracterizado por la irrupción en el pensamiento de un sentimiento o una idea que se le aparece al sujeto como un fenómeno morboso, que proviene sin embargo de su propia actividad psíquica.

Lo anterior persiste un tiempo más o menos largo, a pesar de su propia voluntad consciente y de todos sus esfuerzos para desembarazarse de ella.

Es el alienista francés J. Falret, quien introduce el término (a partir del latino ‘obsidere‘ o ‘asediar‘) para subrayar hasta qué punto ciertas ideas patológicas asedian la conciencia del paciente.

Cabe señalar que durante mucho tiempo se pensó que era una patología de la “voluntad”, ya que la persona no parecía tener la fuerza como para desembarazar-se de ella.

Será Sigmund Freud el que le brinda una explicación (psicoanalítica mientras individualiza la neurosis obsesiva), recurriendo a las nociones de:

  1. la represión,
  2. el aislamiento,
  3. la anulación y
  4. la regresión (hacia un estadio que será sádico-anal).

La obsesión entonces estará generalmente asociada a la compulsión, donde el sujeto se ve obligado a cumplir contra su voluntad –consciente– lo que le pide su psique –inconsciente-.

Valga resaltar que en alemán, “Zwang” corresponderá a obsesión cuando se trata de ideas (y Zwangsvorstellung, a la representación obsesiva) mientras que, por su parte, la compulsión, cuando se trata de actos (se llamará Zwangshandlung, o acción compulsiva).

Las Obsesiones y las Manías

En el lenguaje coloquial, el término obsesión circula con bastante asiduidad.

Se dice:

“estoy obsesionado/a por tal -o cual cosa-, por tal -o cual- persona, tengo una idea que me obsesiona, que no me deja vivir, que me ocupa”.

Quienquiera que se interrogue a sí mismo, acerca de sí padece o no obsesiones, es seguro que encontrará una respuesta que le es afirmativa.

Así, las obsesiones, a las que también llamamos a veces manías, son un síntoma común en muchos individuos y pueden padecerlo adultos o niños, independientemente de su sexo.

Podemos afirmar que padecerlas en algún momento de nuestras vidas puede considerarse dentro de lo que se denomina la normalidad.

Es así frecuente que los niños atraviesen etapas en las que ciertas obsesiones o rituales se ponen de manifiesto (por ejemplo: dar rodeos para no pisar determinadas zonas por las que transitan, no querer vestirse con cierta ropa, negarse a la higiene diaria, entre otros) y en estos casos sabemos que se trata, en general, de síntomas transitorios que tienen que ver más con un momento del desarrollo y de su propia auto-afirmación que -junto con los terrores nocturnos, miedos y fobias- forman parte de su constitución como sujeto.

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¿Cuándo una obsesión se puede considerar patológica?

La obsesión en sí misma es un síntoma (que nos habla -a la hora de decirnos algo-) y sabemos que hay personas que conviven con sus síntomas sin que éstos les planteen grandes problemas.

Es más, a veces estos síntomas son considerados por su entorno como una señal de identidad:

“Fulano de tal en el fondo es muy buena persona pero tiene ciertas manías que a veces hace que no sea fácil convivir con él”.

La persona misma puede aceptar sus manías sin interrogarse sobre ellas tomándolas como un aspecto de su carácter, lo cual no supone en absoluto que éstas no sean consecuencia de una grave patología.

No obstante, cuando estas manías u obsesiones impiden a las personas llevar a cabo una actividad relativamente normal es, en general, el momento en que habría de decidirse por hacer una consulta psicológico-psicoanalítica.

Frecuentemente los rituales, la escrupulosidad, las ideas compulsivas, impiden llevar una vida normal o productiva.

De manera que la necesidad de verificar repetidas veces que no han cometido ningún error, o que no han olvidado tal o cual detalle, o la realización de determinado ritual para acceder a la calle, a un medio de transporte, etc., se vuelve una penosa tarea. Esto, sumado al sufrimiento que se produce, llega a limitar la vida del sujeto, hasta el poder sumirlo en la invalidez o inhibición.

Cabe señalar que se pueden ubicar todos estos síntomas en todas las estructuras psíquicas, a saber: neurosis, perversión y psicosis, pero hay una, “la neurosis obsesiva“, que se caracteriza por el predominio de ésta sintomatología y es por este motivo que se le llamó también: “locura de duda“, “fobia de contacto“, “obsesión” y “compulsión“.

La neurosis obsesiva

¿Qué es la neurosis obsesiva?

Como su nombre lo indica es una neurosis con entidad propia, Freud la aísla no sólo del maremagnum de la clasificación psiquiátrica, donde aparece confundida con otras entidades nosográficas, sino también de la neurosis histérica. Aislarla de esta última no le impide decir que la neurosis obsesiva es un dialecto de la histeria.

Los elementos sintomáticos que caracterizan a esta neurosis, que a continuación se señalan, forman parte de su fenomenología pero no dan cuenta de su estructura:

  • dudas,
  • ideas obsesivas,
  • interceptaciones del pensamiento,
  • compulsiones,
  • procrastinación,
  • tendencias ceremoniales,
  • rituales,
  • pensamientos hostiles
  • ideas delirantes

Cuando hablamos de estructura nos referimos a la constitución del sujeto, a cómo se organiza su vida psíquica. La estructura básica está constituida por tres lugares, que van a ser ocupados por: la madre, el padre y el niño.

Denominamos a lo anterior: la estructura edípica.

Dependiendo del modo en que se hayan cumplido u ordenado las diferentes funciones, cuáles hayan sido los deseos puestos en juego por parte de los adultos que esperan la llegada de ese niño, sus fantasías, así como sus actitudes frente al mismo, quedará determinado el futuro de éste.

En esta neurosis, es característica una relación muy estrecha con la madre y una función paterna débil, insuficiente para liberarlo del dominio materno.

El Complejo de Edipo en la Neurosis Obsesiva

Este Complejo es nodal en la determinación de las neurosis, junto con el Complejo de Castración que tiene lugar dentro del mismo. Además, de cómo se haya atravesado este complejo y de sus avatares dependerá la vida psíquica del sujeto, teniendo consecuencias en la sexualidad, en la relación con los otros, en el origen de sus miedos, sus fantasías y sus delirios.

El Psicoanálisis en la Neurosis Obsesiva

Ahora bien, el vínculo con el analista y la puesta en acto de la neurosis en la transferencia -es decir, repetir en la cura su neurosis- nos permite, valorar la estructura y contar con la posibilidad de dirigir el tratamiento hacia un fin, que no consiste únicamente en resolver síntomas, sino saber qué los ocasiona y en qué fantasma se sostienen, lo cual hace que la resolución del problema no sea por sugestión, ni por apoyo yoico, ni por someter al sujeto a pruebas tales como hacer aquello que le horroriza para modificar su conducta.

El psicoanálisis va más allá. Permite a quien se analiza adquirir un saber, encontrar el porqué de sus actos y reconocer sus propios deseos, lo que le llevará a ser más consecuente consigo mismo y menos temeroso de actuar en la vida, saber y decir aquello que quiere o no quiere sin necesidad de recurrir a la enfermedad para excusarse.

El amor en la neurosis obsesiva

A partir de la lectura del seminario las formaciones del inconsciente y el seminario de la angustia

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El deseo en la obsesión

Antes de entrar en el tema del amor es necesario hacer un recorrido sobre el deseo. Y lo primero que se abordara es la forma distinta de encarar el deseo, según se trate de una histeria o una neurosis obsesiva.

El deseo nunca puede satisfacerse.

Por el propio hecho de ser deseo cada vez que avanza hacia su objetivo, el objeto ha pasado a estar en otro lugar.

El deseo de un sujeto histérico está siempre en relación con el deseo del Otro, con los signos del deseo del Otro y el sujeto obsesivo lo que hace en relación al deseo es defenderse de él.

Si en la histeria el sujeto necesita ver los signos del deseo del Otro para vivificarse, en la obsesión lo que ocurre es que cada vez que el sujeto desea está en juego la desaparición del Otro, está en juego su destrucción.

Jacques Lacan muestra que en la histeria se pone de manifiesto el deseo como insatisfecho, una de sus características estructurales. En la obsesión encontramos también algo que caracteriza al deseo para cualquier sujeto: que llevado al extremo –a su realización absoluta- implica la anulación del Otro. Un deseo llevado hasta último término –en el sentido más drástico- implica la destrucción del Otro.

Así, el obsesivo, cada vez que se enfrenta con el deseo, en el horizonte se da esa posibilidad, entonces ¿qué hace?: se defiende de su deseo. Se defiende deseando un objeto prohibido o inhibiendo el deseo.

De manera que:

El deseo aparece como imposible.

El fantasma del sádico en la obsesión

Lacan plantea que el fantasma del obsesivo es un fantasma sádico. El obsesivo que se presenta tan ablativo: 

  • dispuesto a satisfacer las demandas,
  • cercano,
  • simpático,
  • solidario,
  • filantrópico.

Termina por encubrir bajo ese amor al Otro, su fantasma sádico inconsciente. Y para seguir desconociéndolo ese fantasma sádico de destrucción, va a hacer todos esos montajes.

Como señalaría Lacan, el obsesivo es muy complicado y hay que darle mucho tiempo para que al final llegue a poder enfrentar esta cuestión de la agresividad y del fantasma sádico con el Otro. Y que ese tratamiento de la cuestión le permita tener una vida un poco mejor, un poco menos torturada, porque es un sujeto que se tortura.

Y todo lo anterior ¿cómo se sintomatiza? Bajo la duda, bajo la sensación de estar muerto en vida, es decir, la muerte como un elemento fundamental. Donde hay un agujero fálico, el sujeto obsesivo plantea una condición absoluta.

Este es uno de los puntos fundamentales para la clínica. Y, en ese aferrarse a esta condición y a esta necesidad absoluta, está en juego tapar ese agujero fálico, velar “que hay algo que es imposible entre un hombre y una mujer”. Y, a la vez, mantener intacto ese fantasma inconsciente de destrucción del Otro.

¿Por qué intacto?, por que él se defiende de su deseo manteniendo su deseo a raya, tornándolo imposible, haciendo venir al lugar del objeto del deseo cualquier condición necesaria absoluta que no le interesa, para que no se produzca esa destrucción del Otro. Pero todo esto lo desconoce.

El deseo de retener

¿Cuál es el objeto pulsional privilegiado en la neurosis obsesiva? El objeto anal, el excremento. Cuando se trata de la época del control de esfínteres ¿qué se produce? La educación del control de esfínteres, tiene que ver con la demanda del Otro, se le pide que retenga.

Pero lo que explica Lacan magníficamente es:

“Se le pide que retenga, pero al rato, se le pide que lo dé”.

No lo puede retener todo el tiempo. El obsesivo, queda en relación a esa demanda del Otro, primero “no la sueltes” y después “suéltala”. Y luego, cuando el niño lo da en el momento adecuado la gente adulta se lo celebra y pasa a tomar el estatuto de don (de amor).

Es en este período de lo anal, donde se construye el don, y por eso, para el obsesivo, que está su deseo muy sostenido en este objeto que es el excremento, el tema de la oblatividad es fundamental.

Para Lacan, muchas veces el sujeto obsesivo, en su relación imposible con la mujer, la llenará de regalos y sobre todo caros, y ¿para qué?, pues para eliminar la disimetría, para tapar el agujero, para que este agujero de lo fálico no aparezca.

“En este vaivén, lo doy, no lo doy, el sujeto entra en la ambigüedad (…) ¿qué le ocurre al obsesivo? (…) El obsesivo está conectado con el retener, retener su deseo, retiene su deseo, se sostiene en la retención”.

La Compulsión

Lo que trata el sujeto con la compulsión es dejar de lado el deseo retentivo. Estos fenómenos compulsivos son, de alguna manera, un velamiento del verdadero deseo en que se constituyen, que es de retener, retener el deseo, retener el objeto, porque si lo da, si lo expulsa, ese objeto incluso es uno mismo y además supone la destrucción del Otro. Fijaros la importancia de toda esta cuestión para pensar la clínica y los síntomas en el cuerpo.

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La cuestión del don en la que el obsesivo está, no le sirve para la relación sexual. Así, el sujeto obsesivo encuentra problemas cuando consigue el objeto de su deseo, ya que en ese mismo momento empieza a perder su valor. Un hombre que anhela a una mujer, la conquista, la tiene y se acabó.

Es decir, el sujeto obsesivo tiene un problema con lo fálico que está conectado con lo anal (y lo anal, en este sentido, con todos los mecanismos de retención, de freno del deseo, etc).

Entonces ¿cómo pensar el amor?. Porque visto esto como cuestión de condición absoluta ¿qué tipo de amor se da para el obsesivo?, a lo que Lacan replicará: lo que está en juego en un momento dado, es esta cuestión de lo sucio dentro de la escena.

De qué objeto se trata para el obsesivo en el amor

De ésta manera, nos preguntamos ¿cuál es la otra cara del objeto excremencial?. Siendo éste el otro lado de este desperdicio: el ideal. Por tanto, para no decir que es una mierda, para tapar esta cuestión de la podredumbre, de lo sucio, ¿qué se hace?, aparece un ideal para encubrirlo.

Si hemos dicho: que el deseo suyo está retenido en relación al objeto porque significa la destrucción del Otro; y que para mantener esa retención y defenderse del deseo se dirige a un objeto prohibido o, si no, lo mantiene como inalcanzable; que su objeto privilegiado es el objeto anal que nos permite explicar la lógica que sostiene su ambigüedad, esta ambigüedad del deseosi y no, lo doy no lo doy, lo retengo, lo doy, en este enganche con la madre, donde se sostiene el obsesivo; entonces, cuando del amor se trata ¿qué objeto se pone en juego?

El escópico. La mirada y la imagen.

El obsesivo encuentra en la mujer que idealiza, su propio yo. Es decir que el obsesivo en esa mujer que idealiza está buscándose a él mismo, la imagen de él. Ese salto en el amor ya es un tratamiento de lo excremencial, ya no es esa mierda o recubre de alguna manera su fantasma sádico con lo especular.

En la Dama de Shangay, de Orson Wells, hay una escena, la última escena. Es la historia de una pareja, ella (Rita Hayworth) y su marido un hombre mayor, muy duro, millonario y está Orson Wells, que es un joven que la ama y está cautivado por ella. La voz en off es de Orson Wells contando la historia de él como “la de un pobre tonto, un icauto”.

El matrimonio en la escena final se destruye. La última escena es un parque de atracciones donde están, él y ella, frente a un juego de espejos, una sala donde se multiplica la imagen. Empiezan a dispararse el uno al otro pero lo único que se ve es a cada uno disparando a su propia imagen en el espejo. Es una escena magistral para ejemplificar el punto máximo de destrucción en este tipo de amor. Y el que se salva es Orson Wells que la amaba profundamente y que no se retuvo.

¿Qué podríamos ver en esto?, esta manera de amar del obsesivo tiene estas derivaciones. Hay algo de esta especularidad, de esta imagen propia en otro, que al obsesivo le lleva a la actuación del fantasma sádico. A través de este tipo de amor se mantiene y se presenta ese fantasma inconsciente del obsesivo que con tanto empeño trata de desconocer.

Parafraseados: Obsesiones y manías por Laura E. Vaccarezza y Un tipo de amor en la neurosis obsesiva por Mercedes De Francisco Vila.

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Dr. Carlos Bonilla Cortés

El Doctor Carlos Bonilla Cortés es Psicólogo & Psicoanalista. Atiende su Clínica Privada en la Torre Médica de Momentum Pinares, San José, Costa Rica.

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