Histeria en la Mujer

La histeria (del francés hystérie, y éste del griego ὑστέρα, «útero») es una afección psicológica que pertenece al grupo de las neurosis.

Estado de excitación nerviosa, provocado por una circunstancia o una situación anómala, en el que se producen reacciones y que hace que la persona que lo padece muestre sus actitudes afectivas.

La histeria es la forma clínica por excelencia que muestra la división del sujeto ($), esa división que hace que el sujeto no pueda encontrar nunca en sí mismo el fundamento de su existencia, que su propio deseo es inconsistente y que no tiene asegurado el lugar en el Otro.

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La histeria nos dice con su queja, su demanda, su sufrimiento, que hay que ir a hacer algo con el Otro. Ella necesita preguntarse hasta donde tiene valor su propia existencia para el Otro y hasta dónde el Otro la puede perder o no; en este sentido, qué huella deja en el Otro su perdida.

Así, se plantearán a continuación tres características fundamentales de la histeria:

  • El problema de la perdida de amor,
  • El problema de la inexistencia; y,
  • El problema de la insatisfacción.

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El problema de la perdida de amor

En la posición femenina, el problema de la perdida de amor adquiere una potencia especial en la medida en que estructuralmente, hay una afinidad especial entre lo femenino y la falta en ser.

Todos conocemos, a través de la literatura y de la vida real, el odio que aparece en la mujer cuando el partenaire masculino, con su modo de gozar más bien “autístico”, muestra poder deshacerse de ella sin mayores consecuencias. “Soy amada, ergo, soy”, es el cogito histérico que hace del amor el resorte de la identidad del sujeto.

Así, la histérica quiere ser “todo para el hombre”, lo cual es equivalente a “ser aquello que a él le falta” y este anhelo puede conducirla a empresas descabelladas con sujetos poco recomendables o a dejarse engatusar con frases que desafían la inteligencia.

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Por ejemplo, la joven mujer que entra a un bar una noche y a la que se le acerca un hombre que la mira fijamente, para decirle: “¿donde te habías metido hasta ahora, llevo toda la vida esperandote?”, a lo que ella cae de rodillas, ofreciéndole su propia casa para vivir.

Las histéricas pueden dedicarse en cuerpo y alma a la empresa de crear un hombre, lo que las lleva a realizar elecciones verdaderamente desastrosas, con hombres inconsistentes, alcohólicos, toxicómanos, incluso psicóticos, en la idea de que con su amor pueden trasformarlos, sacar de ellos un tesoro oculto y redimirlos. Muchas incluso se pierden en ésta tarea que solo puede conducir al fracaso. Otras se pierden en el discurso del partenaire y dejan de ser ellas mismas para identificarse a los fantasmas del otro.

En todos los casos el denominador común es que la relación con el hombre se convierte en el laboratorio de pruebas por excelencia donde declinar, de todas las formas posibles, la pregunta acerca de: ¿qué lugar ocupo en el deseo del Otro?.

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Notemos que el lugar que la mujer histérica no acaba de encontrar ni en su propio cuerpo, ni en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la ciudad en la que habita, y que la lleva a deambular por el mundo en una búsqueda tan incesante, como infructuosa, es tan difícil de encontrar porque está marcado por la pregunta más original y dramática que se plantea el infant humano: ¿Quién soy yo para el Otro (inicialmente la madre)?. ¿Cuánto valgo en el deseo del Otro? y ¿Qué le provocaría mi perdida?.

En definitiva, el drama histérico es no sentirse nunca segura respecto al lugar que el Otro le da en su deseo, sea la madre, el padre, el partenaire amoroso o cualquier otra encarnación de ésta instancia a la que llamamos Otro.

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El problema de la inexistencia

El problema de la inexistencia es correlativo al anterior. “Él está siempre ocupado en sus cosas, su trabajo, la televisión, el ordenador, yo no existo”. “En los momentos en que me siento mirada por los demás ya no soy yo, no puedo opinar nada, me anulo, dejo de existir”.

“Mi vida es una farsa nada de lo que hago me resulta real o verdadero, solo estoy segura de existir cuando estoy angustiada”. Estas son frases de distintas pacientes, tomadas de la propia consulta clínica, y que por tanto, corresponden al momento actual. En todas ellas se declina el drama existencial de la histérica, y este drama lo encontraremos también tras los semblantes de esas mujeres poderosas que hacen cuadrar al ejercito a su paso: como las Margaret Thatcher, que se colocan en el lugar del gran Amo para ocultar la miseria de su vacío.

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El problema de la insatisfacción

El problema de la insatisfacción, es probablemente el más característico de todos. La relación de la histérica con el deseo lleva siempre la marca de la insatisfacción. Una insatisfacción eterna que se verifica en todos los campos de su vida, pero que afecta muy particularmente a la vida amorosa y sexual.

Así, cuando las mujeres se quejan frecuentemente de los hombres, hay un grado de insatisfacción permanente con el partenaire que es específicamente femenino. La razón de ello es que la mujer conserva intacto en el inconsciente la imagen del padre ideal (no referido al padre que han tenido, sino al idealizado), ese que para ellas funciona como el representante emblemático del príncipe azul, el hombre anhelado frente al cual ninguno da la medida.

“…no desea a quien la quiere, sino que en general desea a otro, a alguien inaccesible: “estoy casada y quiero mucho a mi marido, pero en realidad yo sabía desde el principio que él no era el hombre ideal”

Lucien Israel.

La histérica expresa su deseo en términos de insatisfacción, porque expresar que un deseo permanece insatisfecho es la mejor manera, con todo, de probar que ese deseo existe. Con ello no hace más que mostrarnos la condición general del deseo humano.

Sabemos que el deseo se alimenta de la falta, y perece cuando se realiza. Por eso, con la insatisfacción, la histérica se dedica a sostener el deseo, el suyo y el del otro, porque al perderse el deseo la propia existencia del sujeto se ve amenazada. La caída del deseo entonces arrastra, para el sujeto histérico, la caída del cuerpo entero, que a duras penas sostiene.

En este sentido podemos entender mejor un síntoma tan propio de la histeria como lo es la frigidez, pues no se trata de una incapacidad para experimentar placer sexual, sino más bien, de una especie de rechazo, una negación e incluso una lucha contra el placer, porque su verdadera preocupación estriba en preservar algo que podría ser infinitamente más precioso que el placer posible en la ocasión, algo que está ligado a la conservación del deseo de un goce absoluto.

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En cierto sentido esto se debe a que la histérica presentifica perfectamente este enigma de la relación del sexo femenino con la falta de un lugar especifico en el campo simbólico, o lo que es lo mismo, en el mundo en que es dado habitar a los seres hablantes.

Parafraseado: Rosa López, Psicoanalista.


Dr. Carlos Bonilla Cortés

El Doctor Carlos Bonilla Cortés es Psicólogo & Psicoanalista. Atiende su Clínica Privada en la Torre Médica de Momentum Pinares, San José, Costa Rica.

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