La Psicosis en Costa Rica

En su discusión acerca de la absoluta división entre el inconsciente y el consciente (o mediante el ello y el ego), Freud introduce la idea del yo humano o sujeto, como radicalmente dividido entre estos dos mundos, de lo consciente y lo inconsciente. Por un lado, nuestras habituales ideas del yo o la personalidad, están definidas por operaciones conscientes, incluyendo la racionalidad, la libre voluntad, y la autorreflexión. Para Freud y el psicoanálisis en general, sin embargo, las acciones, pensamiento, creencia, y los conceptos del “yo” están todos determinados, toman forma, gracias al inconsciente, y sus impulsos y deseos.

Jacques Lacan es un psicoanalista francés. Originalmente entrenado como psiquiatra, trabajó en la década de 1930 a 1940 con pacientes psicóticos; en 1950 empezó a desarrollar su propia versión del psicoanálisis, basado en las ideas articuladas de la lingüística estructuralista y la antropología. Se podría pensar en Lacan como Freud + Saussure, con algo de Levi-Strauss, e incluso de Derrida.

Pero su principal influencia/precursor es Freud. Lacan reinterpreta Freud a la luz del análisis de las teorías estructuralista y post-estructuralista, convirtiendo el psicoanálisis desde ser una filosofía o teoría esencialmente humanista a una post-estructuralista.

Una de las premisas básicas del humanismo, como se recordara, es que hay de hecho un “yo” estable, que tiene todas esas cosas tan agradables como la libre voluntad y la autodeterminación. La noción de Freud del inconsciente fue una de las ideas que empezaron a cuestionar, o a desestabilizar, el ideal humanista del yo; fue uno de los precursores del post-estructuralismo a este respecto. Pero Freud tenía la esperanza de que llevando los contenidos del inconsciente al consciente, podría minimizar la represión y la neurosis. Hace de hecho una famosa declaración sobre la relación entre el inconsciente y el consciente, diciendo que “Wo es war, soll Ich werden”: “Donde Ello estaba, estaré Yo”. En otras palabras, el Ello (inconsciente) será sustituido por el “Yo”, por la consciencia y la auto-identidad. El objetivo de Freud era fortalecer el ego, el “Yo” mismo, la identidad consciente/racional, de modo que fuera más poderosa que el inconsciente.

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Para Lacan, este proyecto es imposible. El ego nunca puede tomar el lugar del inconsciente, o vaciarlo, o controlarlo, porque para Lacan, el ego o “Yo” es tan sólo una ilusión, un producto del inconsciente en sí mismo. En el psicoanálisis de Lacan, el inconsciente es la base de la existencia.

Mientras que Freud está interesado en investigar como el polimórficamente perverso niño forma un inconsciente y un superego y se convierte en un civilizado y productivo adulto (así como correctamente heterosexual), Lacan se interesa sobre cómo el niño forma la ilusión que llamamos un “yo”. Su ensayo sobre la Etapa del Espejo describe ese proceso, mostrando cómo el niño forma la ilusión de un ego, de una conciencia unificada de sí mismo identificada por la palabra “Yo”.

En la concepción del ser humano de Lacan, encontramos la noción de Lacan de que el inconsciente, que gobierna los factores de la existencia humana, está estructurado como lenguaje. Basa esto en respecto a los mecanismos considerados por Freud, condensación y desplazamiento. Ambos son esencialmente fenómenos lingüísticos, donde el significado o bien se condensa en una metáfora, o se desplaza en una metonimia. Lacan advierte que el análisis de los sueños de Freud y la mayoría de sus análisis del simbolismo del inconsciente utilizado por sus pacientes, dependen en juegos de palabras; asociaciones, chascarrillos, que son principalmente verbales. Lacan dice que los contenidos del inconsciente se dan cuenta de la existencia del lenguaje, y en particular de la estructura del lenguaje.

Y aquí sigue las ideas desplegadas por Saussure, modificándolas ligeramente. Mientras que Saussure hablaba sobre las relaciones entre el significante y el significado, relaciones las cuales forman un signo, e insistió en que la estructura del lenguaje es la unión negativa entre signos (un signo es lo que es porque no es otro signo), Lacan se centra sólo en las relaciones entre significantes. Los elementos en el inconsciente – deseos, imágenes -, todos forman significantes (y se expresan habitualmente en términos verbales), y estos significantes forman una “red de significación” – un significante sólo tiene sentido porque no es otro significante -. Para Lacan, no hay elemento al que se haga referencia con estos significantes, no hay significado detrás. Si lo hubiera, entonces el significado de cualquier significante particular sería relativamente estable – habría (en términos de Saussure) una relación de significación entre significante y significado, y la relación crearía o garantizaría algún tipo de sentido en él. Lacan dice que estas relaciones de significación no existen (al menos en el inconsciente): que al contrario, sólo hay relaciones negativas, relaciones de valor, donde un significado es lo que es por no ser alguna otra cosa.

Debido a esta falta de significados, dice Lacan, la cadena de significantes –x=y=z=b=q=0=%=|=s (etc.) – está constantemente deslizándose, cambiando y circulando. No hay ningún ancla, nada que de un sentido definitivo ni estabilidad al sistema completo. La cadena de significantes está en juego constantemente (en el sentido de Derrida); no hay forma de detener el deslizamiento por la cadena, ninguna forma de decir, “oh, x significa esto”, y tomarlo como definitivo. Al contrario, un significante sólo lleva a otro significante, y nunca a un significado.

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Lacan dice que así es como parece ser el inconsciente, una cadena que circula continuamente (o múltiples cadenas) formada por significantes, sin ancla o, para usar los términos de Derrida, sin centro. Esta es la traslación lingüística de la idea de Freud sobre el inconsciente como este reino caótico de deseos e impulsos constantemente cambiantes. Freud está interesado en cómo traer estos impulsos y deseos caóticos al consciente, de modo que puedan tener algún orden, sentido y significado: para así poder ser entendidos y manejables. Lacan, por el contrario, dice que el proceso de convertirse en adulto, en un “yo”, es el proceso de intentar arreglar, estabilizar, detener la cadena de significantes. Así, el sentido estable de las cosas – incluyendo el sentido del “Yo” – se hace posible. Pero por supuesto, Lacan dice que esta posibilidad es tan sólo una ilusión, una imagen creada por la percepción errónea entre el cuerpo y el “yo”.

Freud habla acerca de las tres etapas de la perversidad polimórfica en los infantes: la oral, la anal y la fálica; son los complejos de Edipo y de Castración los que acaban con la perversidad polimórfica y crean seres “adultos”. Lacan crea diferentes categorías para explicar una trayectoria similar, desde el infante al “adulto”. Habla de tres conceptos, “necesidad”, “demanda” y “deseo”, que a grandes rasgos se corresponden a las tres fases de desarrollo, o los tres campos en que se desarrollan los humanos, lo Real, lo Imaginario, y lo Simbólico. El reino de lo Simbólico, que está marcado por el concepto de deseo es el equivalente a la edad adulta; o más específicamente, para Lacan, el reino Simbólico es la estructura del lenguaje en sí mismo, un mundo al que hemos de entrar para convertirnos en sujetos con capacidad para hablar, para poder decir “Yo” y que “Yo” haga referencia a algo que parece ser estable.

Como en Freud, el niño en Lacan parte como algo inseparable de su madre; no hay distinción entre el yo y el otro, entre el bebé y la madre (al menos, desde la perspectiva del bebé). De hecho, el bebé (tanto para Freud como para Lacan) es una especie de burbuja, sin sentido del yo ni de identidad individualizada, y sin sentido tampoco de su propio cuerpo como un todo coherente y unificado.

Este niño-burbuja se conduce por la necesidad; necesita comida, necesita confort y seguridad, necesita que lo cambien, etc. Estas necesidades son satisfechas, y lo son por un objeto. Cuando el bebé necesita comida, obtiene un pecho (o una botella); cuando necesita seguridad, obtiene un abrazo. El bebé, en este estado de necesidad, no hace distinción entre sí mismo y los objetos que cumplen sus necesidades; no reconoce que un objeto (como un pecho) es parte de otra persona completa (dado que aún no tiene concepto alguno de “persona completa”). No hay distinción entre ello y cualquier otra cosa; tan sólo necesidades y cosas que satisfacen esas necesidades.

Este es el estado de la “naturaleza”, que ha de ser roto para que las culturas se formen. Esto es cierto en ambos psicoanálisis de Freud y Lacan: el niño se habrá de separar de su madre y formar una identidad separada, para poder entrar en la civilización. Esta separación conlleva un tipo de pérdida; cuando el niño conoce la diferencia entre él y su madre, empieza a convertirse en un ser individuado, pierde ese sentimiento primario de unidad (y seguridad) que originalmente tenía. Este es el elemento de tragedia construido dentro de la teoría psicoanalítica (tanto Freudiana como Lacaniana): para convertirse en un “adulto” civilizado siempre conlleva la profunda pérdida de una unidad original, una no-diferenciación, un converger con los otros, particularmente con la madre.

El bebé que todavía no ha hecho esta separación, que sólo tiene necesidades satisfechas, y que no hace distinciones entre sí mismo y los objetos que satisfacen sus necesidades, existe en el reino de lo Real, según Lacan. El concepto de lo Real para Lacan es más complejo de lo que parece: lo Real es un lugar (un lugar psíquico, no físico) donde se encuentra esta unidad original. Debido a esto, no hay ausencia o falta o pérdida; lo Real es todo plenitud y completitud, donde no hay necesidad que no pueda ser satisfecha. Y debido a que no hay ausencia o pérdida o falta, no hay lenguaje en lo Real.

Lacan aquí sigue un argumento que hizo Freud sobre la idea de pérdida. En un caso que aparece en “Más allá del principio del placer” de Freud, Freud habla sobre su sobrino, de 18 meses de edad, que está jugando a un juego con un carrete atado con hilo. El niño arroja lejos el carrete, y dice “Fort”, que en alemán significa “Se fue”. Tira del hilo y acerca el carrete, y dice “Da”, que en alemán significa “Aquí”. Freud dice que este juego era simbólico para el niño, una forma de manejarse con la ansiedad de la ausencia de su madre. Cuando lanzaba el carrete y decía “Fort”, repetía la experiencia de pérdida de un objeto querido; cuando lo retomaba y decía “Da”, obtenía placer por la restauración del objeto.

Respecto a este caso, Lacan presta atención al aspecto del lenguaje que despliega. Lacan dice que el juego fort/da, que Freud dijo que sucedió cuando su sobrino tenía 18 meses, trata sobre la entrada del niño en lo Simbólico, en la estructura del lenguaje en sí misma. Lacan dice que el lenguaje es siempre acerca de pérdida o ausencia; sólo se necesitan palabras cuando el objeto que quieres se ha ido. Si tu mundo fuera totalmente completo, sin ausencia, entonces no necesitarías el lenguaje.

Así, en el reino de lo Real, según Lacan, no hay lenguaje dado que no hay pérdida, no hay falta, no hay ausencia; sólo hay una completa plenitud, necesidades y la satisfacción de necesidades. Lo Real está siempre más allá del lenguaje, irrepresentable en lenguaje (y por tanto irremediablemente perdido cuando uno entra en el lenguaje).

Lo Real y la fase de necesidad, duran desde el nacimiento hasta algún lugar entre los 6 y los 18 meses, cuando la burbuja-bebé empieza a ser capaz de distinguir entre su cuerpo y el resto de las cosas en el mundo. En este punto, el bebé cambia de tener necesidades a tener demandas. Las demandas no pueden satisfacerse con objetos; una demanda siempre hace referencia al reconocimiento desde otro, al amor desde otro. El proceso funciona así: el bebé empieza a hacerse consciente de que está separado de su madre, y de que existen cosas que no son parte de él; así, la idea de “otro” es creado (nótese de todos modos que aún la oposición binaria entre “yo/otro” no existe aún, dado que el bebé no tiene todavía un sentido coherente del “yo”).

Esta toma de conciencia de la separación, o del hecho de la otredad, crea una ansiedad, un sentimiento de pérdida. El bebé entonces demanda una reunión, un retorno a ese sentido original de plenitud y no-separación que tenía en lo Real. Pero esto es imposible, una vez que el bebé conoce (y este conocimiento, recordemos, está sucediendo completamente a un nivel inconsciente) que la idea de un “otro” existe. El bebé demanda ser llenado por el otro, para regresar al sentido de unidad original; el bebé quiere que la idea de “otro” desaparezca. “Demanda” es por tanto la demanda de la completitud, de la plenitud, del otro que detendrá la pérdida que el bebé está sintiendo. Pero por supuesto esto es imposible, porque esta pérdida o ausencia, el sentido de otredad, es una condición para que el bebé se convierta en un yo/sujeto, un ser cultural funcional.

Ya que la demanda es del reconocimiento por parte del otro, no puede ser realmente satisfecha, aunque fuera porque el infante entre 6 y 18 meses no puede decir lo que quiere. El bebé llora, y la madre le da una botella, un pecho, algo, pero no hay objeto que pueda satisfacer su demanda – la demanda requiere una respuesta a un nivel distinto. El bebé no puede reconocer las formas en que la madre responde y lo reconoce, porque aún no tiene una concepción de sí mismo como cosa – lo único que sabe es que la idea de “otro” existe, y que está separado del “otro”, pero aún no tiene una idea de en qué consiste el “yo”.

Aquí es cuando sucede la Etapa Espejo de Lacan. A esta edad – entre los 6 y los 18 meses -, el bebé o el niño aún no han dominado su cuerpo; no tiene control sobre sus propios movimientos, y no tiene un sentido de su cuerpo como un completo. El bebé experimenta su cuerpo como fragmentado, en trozos – la parte que esté en su ángulo de visión está ahí hasta que el bebé deje de verlo. Puede ver su propia mano, pero no tiene el concepto de que la mano le pertenezca, la mano podría pertenecer a cualquiera, o a ninguno. Sin embargo, el niño a esta edad puede imaginarse a sí mismo como un completo porque ha percibido a otros, y los ha percibido como seres completos.

Lacan dice que en algún punto en este periodo, el bebé se verá en un espejo, mirará a su reflejo, mirará de vuelta a la persona real – su madre o alguna otra persona – y de nuevo a la imagen en el espejo. El niño se mueve “desde la insuficiencia a la anticipación” en esta acción; el espejo, y moverse entre la imagen reflejada y la otra gente, le da una sensación al niño de que también él es un ser integrado, una persona completa.

El niño, aún incapaz de ser completo, y por tanto separado de otros (aunque tiene esta noción de separación), en la etapa del espejo comienza a anticipar ser un todo. Se mueve de un “cuerpo fragmentado” a una “visión ortopédica de su totalidad”, a una visión de sí mismo como un completo e integrado, que es “ortopédica” porque sirve como una muleta, como un instrumento correctivo, una ayuda para que el niño alcance el status de plenitud.

Lo que el niño anticipa es un sentido del yo como un todo unificado separado; el niño ve que se parece a lo que “otros” parecen. Llegará un punto en que esta entidad que el niño ve en el espejo, este ser completo, será designado por la palabra “Yo”. Pero lo que realmente está sucediendo sin embargo, es que esta identificación es un reconocimiento erróneo. El niño ve una imagen en el espejo; piensa, esta imagen soy “Yo”. Pero no es el niño; es sólo una imagen. Pero otra persona (habitualmente la madre) está ahí para reforzar su reconocimiento erróneo. El bebé mira en el espejo, y vuelve su mirada a la madre, y le dice, “¡Sí, eres tú!”. Garantiza la “realidad” de la conexión entre el niño y su imagen, y la idea del pleno cuerpo integrado que el niño está viendo y con el que se está identificando.

El niño toma esa imagen en el espejo como la suma de su existencia entera, su “yo”. Este proceso, de reconocerse erróneamente en la imagen de un espejo, es un mecanismo de creación del Ego, la cosa que dice “Yo”. En términos de Lacan, el reconocimiento erróneo crea la “armadura” del sujeto, una ilusión o percepción errónea de plenitud, integración, y totalidad, que rodea y protege el cuerpo fragmentado. Para Lacan el ego o yo, o “Yo”, siempre es de algún modo una fantasía, una identificación con una imagen externa, y no un sentido interno de entidad completa separada.

Por esto es por lo que Lacan llama a la fase de la demanda, y la del espejo, el reino de lo Imaginario. La idea del yo se crea mediante una identificación Imaginaria con la imagen en el espejo. El reino de lo Imaginario es donde la relación alienada del yo con su propia imagen se crea y se mantiene. Lo Imaginario es un reino de imágenes, conscientes o inconscientes. Es prelingüístico y pre-edipo, pero muy basado en la percepción visual, o lo que Lacan llama imagen especular.

La imagen reflejada, la persona completa que el bebé confunde consigo mismo, es conocido en la terminología psicoanalítica como un “ego ideal”, un yo pleno perfecto sin insuficiencias. Este “ego ideal” se internaliza; construimos nuestro sentido de “yo”, nuestra identidad, al identificarnos erróneamente con este ego ideal. Haciendo esto, de acuerdo a Lacan, nos imaginamos un yo que no siente falta, no tiene noción de ausencia o incompletitud. La ficción de un yo estable, completo y unificado que vemos en el espejo se convierte en una compensación por haber perdido la unidad original con el cuerpo de la madre. En breve, según Lacan, perdemos nuestra unidad con el cuerpo de la madre, el estado de la “naturaleza”, para entrar en la cultura, pero nos protegemos a nosotros del conocimiento de esa pérdida al percibirnos erróneamente como no estando faltos de nada, como siendo completos en nosotros.

Lacan dice que el autoconcepto del niño (su ego o identidad) nunca alcanzará a su propio ser. Su imagen en el espejo es más pequeña y más estable que el niño, y siempre es “otro” que el niño, algo fuera de él. El niño, por el resto de su vida, se reconocerá erróneamente como otro, como la imagen en el espejo que proporciona la ilusión del Yo y su maestría.

Lo Imaginario es el lugar físico o fase, en que el niño proyecta sus ideas de “yo” sobre la imagen que ve de sí mismo. La fase del espejo cimienta una dicotomía “yo/otro”, donde previamente el niño sólo había conocido “otro”, pero no “yo”. Para Lacan, la identificación del “yo” siempre sucede en términos de “otro”. Esto no es lo mismo que una oposición binaria, donde “yo” fuera lo que no es “otro” y “otro” lo que no es “yo”. No, realmente “yo” es lo mismo que “otro”, en el reconocimiento erróneo con esta imagen percibida de un otro.

Lacan utiliza el término “otro” de varias formas, lo que lo hace más difícil de entender. Primero, y probablemente el más fácil, es en el sentido de yo/otro, donde “otro” es el “no-yo”; pero como hemos visto, el “otro” se convierte en “yo” en la etapa del espejo. Lacan también utiliza una idea de Otro, con “o” mayúscula, para distinguir entre el concepto del otro y los otros reales. La imagen que el niño ve en el espejo es un otro, y le da al niño la idea de Otro como posibilidad estructural, una que hace posible la posibilidad estructural del “Yo”. En otras palabras, el niño encuentra a otros – su propia imagen, otra gente – y entiende la idea de “Otredad”, cosas que no son sí mismo. De acuerdo con Lacan, la noción de Otredad, encontrada en la fase Imaginaria (y asociada con la demanda), precede al sentido del “yo”, que está construido sobre la idea de Otredad.

Cuando el niño ha formulado alguna idea de Otredad, y de una autoidentificación con su propio “otro”, su propia imagen reflejada, entonces el niño empieza a entrar el reino Simbólico. Lo Simbólico y lo Imaginario se superponen, a diferencia de las fases del desarrollo de Freud; no hay una división clara entre las dos, y en algunos respectos siempre coexisten. El orden Simbólico es la estructura del lenguaje en sí; tenemos que entrar en él para poder convertirnos en sujetos que pueden hablar, y para designarnos a nosotros como “Yo”. La fundación para tener un yo es la proyección Imaginaria del yo en una imagen especular, el otro en el espejo, y tener ese mismo yo se expresa diciendo “Yo”, lo cual sólo puede ocurrir sólo dentro de lo Simbólico, por lo que necesariamente ambos paradigmas de lo Imaginario y lo Simbólico coexisten.

El juego fort/da al que jugaba el sobrino de Freud, es desde el punto de vista de Lacan una marca de la entrada en lo Simbólico, pues Hans está utilizando el lenguaje para negociar la idea de ausencia y la idea de Otredad como una categoría o posibilidad estructural.

El carrete, de acuerdo a Lacan, sirve como un “objet petit autre” – un objeto que es un pequeño “otro”-. Arrojándolo lejos, el niño reconoce que otros pueden desaparecer; recuperándolo, el niño reconoce que otros pueden retornar. Lacan pone el énfasis en lo primero, insistiendo en que el pequeño Hans está afectado principalmente por la idea de falta o ausencia del “objet petit autre”. El “pequeño otro” ilustra para el niño la idea de pérdida o ausencia, mostrándole al niño que no está completo en sí, ni de sí. También es la entrada al orden Simbólico, al lenguaje, dado que el lenguaje en sí mismo tiene como premisa la idea de falta o ausencia.

Lacan dice que estas ideas – de otro y Otro, de pérdida y ausencia, de la falsa identificación del yo con el o/Otro – todas acontecen a un nivel individual, con cada niño, pero forman las estructuras básicas del orden Simbólico, del lenguaje, en el que el niño ha de entrar para convertirse en un miembro adulto de su cultura. Así, la otredad actuada en el juego fort/da (así como las distinciones hechas en la Fase Espejo entre yo y otro, madre e hijo) se convierten en ideas categóricas o estructurales. Así, en lo Simbólico, hay una estructura (o principio estructurador) de Otredad, y un princpio estructurador de Falta-De.

El Otro es una posición estructural en el orden Simbólico. Es el lugar al que todo el mundo está intentando llegar, al que intenta converger, para acabar con la separación entre “yo” y “otro”. Es, en el sentido de Derrida, el centro del sistema, de lo Simbólico y/o el lenguaje en sí mismo. Como tal, el Otro es la cosa con la que todo elemento se relaciona. Pero, como centro, el Otro es algo con lo que no se puede converger. Nada puede estar en el centro con el Otro, a pesar de que todo en el sistema (personas) quiera estarlo. Así pues, la posición del Otro crea y sostiene una interminable pérdida, que Lacan llama deseo. Deseo es el deseo de ser el Otro. Por definición, el deseo nunca puede completarse: no es el deseo por algún objeto (lo que sería necesidad), ni el deseo de amor o del reconocimiento de uno mismo por otra persona (que sería demanda), sino el deseo de ser el centro del sistema, el centro de lo Simbólico, el centro del lenguaje en sí mismo. El centro tiene muchos nombres en la teoría de Lacan. Es el Otro; también se le llama el falo. Aquí es donde Lacan toma prestada de nuevo parte de la teoría edípica original de Freud.

La etapa del espejo es previa a Edipo. El yo se construye en relación a un otro, a la idea de Otro, y el yo quiere fundirse con el Otro. Como en el mundo de Freud, el otro más importante en el niño es la madre; así, el niño quiere fundirse con ella.

En términos de Lacan, esta es la demanda del niño de que la división yo/otro sea borrada. El niño decide que puede unirse al otro si se convierte en lo que su madre quiere que sea – en términos de Lacan, el niño intenta completar el deseo de la madre. El deseo de la madre (formada por su propia entrada en lo Simbólico, ya que ella es ya un adulto) es no tener pérdida, o Pérdida (de ser el Otro, del centro, del lugar donde no hay pérdida). Esto encajaría de algún modo con la versión Freudiana del complejo de Edipo, donde el niño quiere unirse con su madre practicando sexo; en el modelo de Freud, la idea de falta es representada por la falta de un pene. El chico que quiere dormir con su madre quiere completar su falta llenándola con su pene.

Desde el punto de vista de Freud, lo que rompe este deseo edípico, al menos para los chicos, es el padre, que amenaza castración. El padre amenaza con hacer la pérdida de la experiencia del hijo, la ausencia de pene, si intenta utilizarlo para arreglar la falta de pene de su madre. Para Lacan, esta amenaza de castración serviría sólo como metáfora para la idea de Pérdida completa como concepto estructural. Para Lacan, no es el verdadero padre quien amenaza la castración, etc. En cambio, dado que la idea de pérdida, o Pérdida, es esencial al concepto de lenguaje, dado que el concepto de Pérdida es parte de la estructuración básica del lenguaje, el padre se convierte en una función de la estructura lingüística. El Padre ya en lugar de una persona, se convierte en un principio estructurador del orden Simbólico.

Para Lacan, el padre furioso de Freud se convierte en el Nombre-del Padre, la Ley-del-Padre, o a veces tan sólo la Ley. El sometimiento a las reglas del lenguaje en sí mismo – la Ley del Padre – es necesario para entrar en el orden Simbólico. Para convertirte en un sujeto parlante, tienes que haberte sometido, tienes que obedecer a las leyes y reglas del lenguaje. Lacan designa la idea de la estructura del lenguaje y sus reglas como específicamente paternas. Llama a las reglas del lenguaje la Ley-del-Padre para enlazar la entrada en lo Simbólico, la estructura del lenguaje, a la noción freudiana de los complejos de Edipo y Castración.

La Ley-del-Padre, o Nombre-del-Padre, es otro término para el Otro, para el centro del sistema, la cosa que gobierna toda la estructura, su forma y el modo en que los elementos del sistema pueden moverse y formar relaciones. Este centro también es llamado el Falo, para subrayar aún más la naturaleza patriarcal del orden Simbólico. El Falo como centro, limita el juego de los elementos y da estabilidad a toda la estructura. El Falo ancla las cadenas de significantes que en el inconsciente están flotando y sin arreglar, siempre resbalando y moviéndose. El Falo detiene el juego, de modo que los significantes puedan tener una estabilidad en su sentido. Es debido a que el falo es el centro del orden Simbólico, del lenguaje, que el término “Yo” designa la idea del yo (y además, por lo que cualquier otra palabra tiene un significado estable).

El Falo no es lo mismo que el pene. Los penes pertenecen a individuos; el Falo pertenece a la estructura del lenguaje en sí. Nadie lo tiene, tal y como nadie gobierna el lenguaje, siendo el Falo el centro. Gobierna toda la estructura, es lo que todo quiere ser (o tener), pero tal que nadie puede llegar ahí (ningún elemento del sistema puede tomar el lugar del centro). Es lo que Lacan llama deseo: el deseo, que nunca es satisfecho al no poder ser satisfecho, de ser el centro, de gobernar el sistema.

Lacan dice que los chicos pueden pensar que tienen una oportunidad de ser el Falo, ocupando la posición central, teniendo penes. Las chicas tienen más dificultades para equivocarse en su percepción de sí mismas como capaces de alcanzar el Falo dado que están (como dice Freud) constituidas por y como pérdida, pérdida de un pene, y el Falo es el lugar donde no hay pérdida. Pero, dice Lacan, todo sujeto en el lenguaje está constituido por y como pérdida, o Pérdida. La única razón por la que tenemos un lenguaje es la pérdida o falta, de la unión con el cuerpo maternal. De hecho, es la necesidad de formar parte de una “cultura” de ser sujetos en lenguaje, lo que fuerza esa ausencia, pérdida, falta.

La distinción entre los sexos es significativa en la teoría de Lacan, pero no del mismo modo que lo es en Freud. Esto es lo que Lacan dice acerca de ello en “La Agencia de la Carta en el Inconsciente”. Tiene aquí dos dibujos. Una es de la palabra “Árbol” sobre un dibujo de un árbol – el concepto Saussureano básico, del significante (palabra) sobre el significado (objeto). Luego tiene otro dibujo, de dos puertas idénticas (los significados): pero sobre cada puerta hay una palabra distinta; una dice “Señoras” y la otra dice “Caballeros”. Lacan explica página: Un tren llega a una estación. Un niño pequeño y una niña pequeña, hermano y hermana, se sientan cara a cara en un compartimiento cerca de la ventana a través de la que pasan los edificios de la estación mientras el tren se detiene. “Mira”, dice el hermano, “¡estamos en Señoras!”. “¡Idiota!” replica su hermana, “¿no ves que estamos en Caballeros?”.

Esta anécdota ilustra de qué forma niños y niñas entran en el orden Simbólico, la estructura del lenguaje, de forma distinta pero similar: desde el punto de vista de Lacan, cada niño sólo puede ver el significador del otro género; cada niño construye su visión del mundo, su comprensión de la relación entre el significante y el significado al nombrar lugares, como la consecuencia de ver un “otro”. Dice Lacan , “para estos niños, Señoras y Caballeros serán dos países hacia los que cada una de sus almas lucharán con vuelo divergente…”. Cada niño, cada sexo, tiene una posición particular en el orden Simbólico; desde esa posición, cada sexo tan sólo puede ver (o significar) la otredad del otro sexo – no del suyo -. Podríamos tomar el dibujo de las dos puertas de Lacan literalmente: son las puertas, con sus distinciones de género, a través de las que cada niño ha de pasar para entrar en el reino Simbólico.

La Psicosis según Lacan – evolución de un concepto Salido de la psiquiatría clásica alemana del siglo XIX, el concepto de psicosis se definió en oposición a aquel de la neurosis, con la emergencia del psicoanálisis. Rompiendo con las teorías órgano genéticas entonces predominantes y con intento de fundar su argumento sobre unas consideraciones estructurales y no solamente cualitativas o diferenciales, Freud ha invocado, de 1894 hasta 1938, diferentes mecanismos psicopatológicos susceptibles de restituir una génesis de la psicosis.

Durante un primer tiempo, contemporáneo de la emergencia de la primera tópica freudiana – que distingue, inconsciente, preconsciente y consciente -, las vicisitudes de las modalidades defensivas contra la sexualidad presiden a la eclosión de las psicosis como de las neurosis (entonces caracterizadas por su isomorfa etiopatogénica), o sea por turno, el fracaso, el éxito o el mal uso del mecanismo de defensa.

A partir de 1889, se esboza una nueva teoría de la génesis de la psicosis en tanto sería aquella ligada al narcisismo: es entonces el empuje, la fijación o la retirada de la libido que son al origen de la entrada en la enfermedad. Esta concepción pone en relieve la originalidad de la mirada freudiana – no sin resonancia sobre las consideraciones terapéuticas – que considera el delirio como tentativa de curación.

En los años 1920, la elaboración de la segunda tópica, que distingue tres instancias psíquicas – el Ello, el Yo y el Superyo -, autoriza Freud a considerarla psicosis como surgiendo de una pérdida de la realidad inducida por el fracaso del Yo en el conflicto que lo opone al mundo exterior y de la formación de una neo realidad más conforme a los deseos del Ello.

El tema de la pérdida de la realidad es retomado, en 1938, en el último gran avance teórico de Freud: aquello de la separación del Yo. La psicosis es entonces iniciada por una realidad vuelta intolerable o por un refuerzo masivo de las pulsiones traduciéndose, en uno u otro caso, por una falta de investidura – nunca total – nota Freud, de donde surge el concepto de separación psíquica – de la realidad por el Yo. Pero ese concepto de separación, ni tampoco los precedentes, se revela patognomónico de la psicosis.

Entonces tan fecunda que haya sido la aproximación freudiana, ésta ha fracasado en aislar un criterio suficientemente operativo para diferenciar estructuralmente las neurosis de las psicosis como lo atestigua la propia confesión de Freud en el término de su recorrido: “Hemos reconocido que era imposible establecer científicamente una línea de demarcación entre los estados normales y los anormales”.

“Medio siglo de freudismo aplicado a la psicosis deja todavía su problema para repensarlo, de otra manera dicho al statu quo ante”: Es por esa observación lapidaria que Lacan introduce, en 1958, su célebre escrito sobre la psicosis. Le tocaba, pues de retomar la cuestión en donde Freud la había dejado, desbloqueándola de las derivas en las cuales se había atascado.

¿Cuál es el aporte de Lacan en la materia? Su obra, igual que la de Freud se extiende durante medio siglo, su obra es igual de árida que abundante y su concepción de la psicosis no ha cesado de modificarse a lo largo de su elaboración.

Después de la puesta a la luz de cuatro modelos conceptuales respectivamente calificados de “personal”, “de complexuel”, “forclusivo” y de “borromeo”, una lectura diacrónica y crítica de la principales contribuciones del corpus lacaniano a la teoría de las psicosis –de 1931 a 1976 – permitirá de precisar las teorías etiopatogénicas subyacentes, de poder apreciar la fecundidad heurística – particularmente en la mirada de la aporía freudiana – así como la resonancia sobre el estatus del síntoma, sobre la concepción del sujeto y de su estructura, sobre las perspectivas terapéuticas y, más generalmente, sobre la definición de lo normal y de lo patológico.

I. El Modelo Personal (1932) Introducción del concepto de psicosis en la obra de Lacan El primer escrito de Lacan sobre la psicosis, intitulado “Estructura de las psicosis paranoicas” data de 1931. Criticando la concepción caracterológica de la paranoia, Lacan se vincula al estudio “de la noción puramente fenomenológica de la estructura de los estados delirantes” interpretativos y pasionales. Se notará el recurso precoz de esta noción de estructura – central en la obra de Lacan – paralelamente a la recuperación de nociones que Lacan avaliza más o menos como aquellas de organicidad y de degenerencia, así como en el acento llevado sobre la discontinuidad de los fenómenos normales y patológicos. Este articulo, de factura muy psiquiátrica, termina sobre una comprobación de fracaso del psicoanálisis; “Los técnicos del inconsciente reconocen, al límite de la paranoia, su impotencia, sino a explicar, al menos a curar”.

Psicosis y personalidad En 1932 en “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad”, su tesis de doctorado en medicina de la cual comentará treinta años más tarde, que lo llevo al umbral del psicoanálisis. Lacan aborda la psicosis oponiéndola a la demencia: “La psicosis tomada en el sentido más amplio, coge por contraste toda su alcance que es de fugarse de ese paralelismo (psico-orgánico) y de revelar que en la ausencia de todo déficit detectable (…) y (…) de toda lesión orgánica solamente probable, existe unos trastornos mentales que (…) son todos unos trastornos específicos de la síntesis psíquica (…) Esta síntesis, la llamamos personalidad y tratamos de definir objetivamente los fenómenos que le son propios, fundándonos sobre su sentido humano”.

Es en esto que la psicosis constituye un desarrollo (anormal) de las tendencias de la personalidad que tiene, para Lacan, partidas ligadas con aquella. Así se puede establecer “la homología del delirio y de la personalidad”.

Definición del concepto de personalidad Lacan define la personalidad como un conjunto de funciones incluyendo el desarrollo del sujeto, la concepción que tiene de él mismo y la naturaleza de sus relaciones con otros. Dotado de tres polos – individual, estructural y social -, ella recubre la “totalidad constituida por el individuo y su entorno propio”. Ella se caracteriza entonces por el hecho de ser principalmente del orden del adquirido. En eso, ella se opone al concepto de constitución que, marcado del sello de la ineidad no puede traducir ” que una fragilidad orgánica en consideración de una causa patógena exterior a la personalidad”. Precisamos que la personalidad así definida se funda, en último recurso, sobre un substrato orgánico de mecanismos de esta naturaleza.

La personalidad es también lo que permite de definir la psicogenia de un síntoma: en efecto “es psicogénico un síntoma –físico o mental – cuyas causas se expresan en función de unos mecanismos complejos de la personalidad”. El síntoma en cuestión reposa menos sobre unas bases orgánicas, Lacan nos invita a un cuestionamiento sobre la patogenia que seria parte en cada entidad psicopatológica, de unos mecanismos orgánicos y de unos mecanismos psicogénicos.

Patogenias de la psicosis En 1932, Lacan distingue dos tipos de patogenias de la psicosis:

Una patogenia no psicogénica incluyendo “los factores hereditarios, congénitos o orgánicos adquiridos, independientes de influencias condicionales del medio y particularmente del medio social”. La organogénesis es considerada como prevaleciente en la esquizofrenia y la psicosis maniaco-depresiva. Ella toma en cuenta el desencadenamiento de la enfermedad y caracteriza las psicosis orgánicas. Una patogenia psicogénica definida como una génesis anormal de la personalidad y, más precisamente, como un paro evolutivo, más o menos precoz, traduciéndose por una fijación al estado de narcisismo primario o secundario según el tipo de la psicosis que será calificada entonces como anomalía afectiva personal, dicho de otro modo, que afecta la personalidad. Entonces son consideradas como psicogenéticas las psicosis ligadas a la personalidad del sujeto – a su historia, a su concepción de él mismo y a sus “conflictos vitales” especialmente, las psicosis paranoicas. Críticas de las tesis constitucionalistas El concepto de la paranoia Si en su artículo de 1931, Lacan justificaba parcialmente la noción de constitución paranoica – caracterizada por la sobreestimación de uno, la desconfianza, la falsedad de juicio y la inadaptabilidad social -, es a una crítica sin mezcla que la incluye en su tesis: “La psicosis (…) ¿es ésta determinada por una constitución? Ahí todo esta dicho: nuestros delirantes son unos paranoicos <innatos>. Nos contentaremos, para convencernos de algunos rasgos particulares que encontraremos en el carácter manifestado por el sujeto anteriormente a la psicosis”. “La constitución llamada paranoica (…) falta frecuentemente en el hecho, o es solamente secundaria al delirio”. “La imposibilidad de nunca encontrar una aplicación clínica rigorosa debe en efecto aparentarse a algún vicio radical de esta concepción y nos las hace considerar, al final de esa obra, como absolutamente mística”.

Paralelamente a la recusación de unas tesis constitucionalistas, Lacan se entrega a una critica, también tan acerba, de las teorías que preconizan un determinismo unívoco de la paranoia.

Fundándose sobre una distinción entre psicosis alucinatorias y psicosis interpretativas, Lacan se demarca de la concepción organogenética de la escuela francesa de psiquiatría para acercarse a la escuela alemana que se une a la determinación de factores reacciónales de la psicosis “El conjunto de trabajos que hemos entregados (…) tiende por fin a someter el determinismo de la paranoia a unos factores orgánicos. Y eso, demostrando su parentela con unas psicosis en donde parecen incontestablemente dominantes. Pero (…) se trata de hechos de asociación mórbida, y eso tomando en cuenta que las combinaciones semiológicas que presentan esos hechos son muy diversas y no permiten de presumir de una patología orgánica unívoca de la paranoia”.

A esta última, Lacan prefiere oponer unas “relaciones de comprensión” que le permite de tomar la psicosis paranoica “como un todo, positivo y organizado”, dotado de una estructura conceptual propia.

Crítica de una organogénesis unívoca de la paranoia Estructura conceptual de las psicosis paranoicas Lejos de presentarse como “una sucesión de fenómenos mentales elementales, salidos de trastornos disociativos”, la paranoia es característica por una estructura conceptual particular – unida a la organización del delirio – que Lacan define según cuatro parámetros:

Claridad significativa de los conceptos del delirio; Imprecisión lógica y espacio-temporal de su desarrollo; Valor de realidad de la expresión que ellas dan de un complejo o de un conflicto, desconocidos por el sujeto; Organización de unas concepciones por un principio prelógico de identificación iterativa;. Así es la inteligibilidad de un delirio reaccional a un conflicto inconsciente de naturaleza “ético sexual” entonces ligado a la historia de un sujeto y a sus identificaciones que caracteriza, para Lacan, las psicosis paranoicas, particularmente aquellas que Lacan califica de “psicosis del Superyo”, la psicosis de reivindicación y la psicosis de autopunición.

El concepto de paranoia de autopunición Origen del concepto La paranoia de autopunición, categoría nosológica inventada por Lacan donde, para retomar sus términos, “tipo clínico más preciso”, le parece particularmente ilustrativa de las relaciones que la psicosis entretiene con la personalidad en los obstáculos de su génesis. Lacan precisa que el escoger el término de autopunición “indica sobretodo su relación con una función psicológica normal”.

Ese tipo clínico ha nacido de la descripción concreta de un caso prototipo, aquel de Marguerite Anzieu, renombrada Aimée por Lacan tomado del nombre de la heroína de la novela escrita por ella. Aimée internada en Sainte-Anne por un intento de homicidio sobre la persona de una actriz muy conocida, ve su delirio de persecución ceder cuando, poco después de golpear a la actriz, se castiga ella misma, dicho de otra manera, después de la satisfacción de su pulsión autopunitiva. Lacan descubre en ella un ciclo de comportamiento, comprensible y coherente, que considera como característica de aquel tipo de paranoia.

Característica del concepto Con respecto al cuadro común de la paranoia, Lacan hace reposar el diagnóstico de paranoia de autopunición sobre los criterios siguientes:

La estructura anterior de la personalidad marcada por lo que Lacan llama “un inacabado de conductas vitales” especialmente en la esfera sexual y familiar; Una triple patogenia incluyendo: una causa ocasional, determinante del desencadenamiento de la psicosis: unos procesos orgánicos toscos tales como las intoxicaciones o los trastornos endocrinos; Una causa eficiente, determinante de la estructura y de la permanencia de los síntomas: un conflicto vital a resonancia ética, más a menudo ligado a las relaciones familiares o fraternales del sujeto, muy frecuentemente asociada a una transformación de la situación vital teniendo valor de trauma afectivo; Una causa especifica, determinante de la reacción por la psicosis: una fijación al estado genético del Superyo, o del narcisismo secundario, frecuentemente correlativo a una anomalía de la situación familiar infantil del sujeto. Una temática delirante de eje sobre la autoacusación significando los “reproches éticos” que el sujeto se hace a él mismo, así que una reactividad del delirio con influencias endógenas (ritmos sexuales, estado general…) y exógenos (modificación del conflicto generador, más a menudo de orden familiar), un comportamiento congruente al delirio, partiendo de ahí la peligrosidad potencial del sujeto, con una reducción posible del delirio ligado del paso al acto y a la satisfacción de la “pulsión autopunitiva”, dicho de otra manera de la atenuación del conflicto afectivo; la accesibilidad a la profilaxis y a la cura. La especificidad de esta entidad nosológica que reposa entonces sobre “los lazos etiológicos por donde la psicosis depende estrechamente de la historia vivida del sujeto”, es ilustrada por Aimée que Lacan dice de todo su delirio “puede comprenderse como una transposición de más en más centrífuga, de un odio cuyo objeto quiere desconocer al objeto directo”: “Para la génesis histórica de la psicosis, nuestro análisis nos ha entregado al núcleo en el conflicto moral de Aimée con su hermana. ¿Este hecho no hace toda la luz sobre la teoría que determina la fijación de tales sujetos al complejo fraternal?

Que el delirio tenga un sentido humano, es lo que el valor heurístico de ese nuevo tipo clínico permite subrayar.

Fecundidad del concepto Lacan, se defiende en tres momentos, de querer crear una nueva entidad nosológica. Se puede de todos modos tomar la hipótesis que es la introducción misma de una tal entidad que le permite separar, algunos parcialmente, la paranoia de las teorías organicistas entonces prevaleciente en la escuela francesa de psiquiatría, iniciando una crítica de la concepción deficitaria y constitucionalista de la psicosis, a la cual opone una concepción dinámica, relacional y positiva, la psicosis es evocada en términos de beneficio: “Que un tal beneficio se realiza en contra de la adaptación social y también biológica del sujeto (…) no quita nada a su alcance humano y de algunas representaciones de origen mórbida”.

Referente a Aimée, Lacan evoca las virtudes de creación positiva que la psicosis a directamente producidas y no solamente ahorradas y las compara, todas proporciones guardadas, a Rousseau, cuestionando las relaciones que la psicosis entretiene con el genio: “El problema se cuestiona en el caso de Rousseau, a que se debe su genialidad, al desarrollo anomálico de la personalidad…”

La reacusación de la ineidad de un determinismo constitucional de la psicosis se hace al beneficio de una integración parcial de la perspectiva psicoanalítica: al determinismo orgánico congénita, Lacan opone “un determinismo traumático, detectable históricamente”.

Lacan nos invita, a través del caso Aimée, a reconsiderar la psicosis con la vara del sujeto y su desarrollo. Es así que se puede elaborar de la psicosis una génesis anormal de la personalidad. El psicoanálisis habiendo puesto en evidencia “el papel capital de las fijaciones libidinales en la elaboración del mundo de los objetos en el sentido más general”, Lacan piensa reencontrar, en la estructura misma del delirio de Aimée, una regresión libidinal típica. Subraya el alcance científico de la teoría freudiana y establece una correspondencia entre la libido y la personalidad: “La evolución de la libido en la doctrina freudiana nos parece corresponder, muy precisamente en nuestras fórmulas, a esta parte, considerable a la experiencia, de unos fenómenos de la personalidad cuyo fundamento orgánico nos he dado por el deseo sexual”.

Más todavía a sus ojos, las fórmulas freudianas del delirio explican de manera luminosa la estructura del delirio de Aimée. Lacan se autoriza entonces a recusar “los truismos” vaciados de toda virtud heurística, “del órgano-génesis de lo mental” en beneficio de la edificación de una ciencia de la personalidad que pide a la metapsicología freudiana: “En la triple preeminencia de estos datos hasta ahora desconocidos en la psicosis, a saber unas anomalías del comportamiento sexual, del papel electivo de algunos conflictos y de su lazo con la historia infantil, no nos podemos olvidar de reconocer los descubrimientos del psicoanálisis sobre el papel primordial en psicopatología, de la sexualidad y de la historia infantil”.

Es ese mismo tema del papel de la historia infantil del sujeto en la génesis de la psicosis que Lacan va desarrollar, seis años más tarde, en un ensayo sobre los complejos familiares.

II. El Modelo Complexuel (1938) Introducción

En 1938, en Los complejos familiares, un artículo sobre la familia y el papel de los complejos familiares en la formación del individuo, inicialmente publicado en el tomo VIII de la Enciclopedia francesa, Lacan deja el concepto de autopunición y retoma con la noción de complejo y una teoría de la identificación – del imaginario – desarrollado dos años antes en “El estado del espejo”, el tema de la fijación libidinal elaborado en su tesis.

Después de una exploración de las diferentes crisis atravesadas por el niño para acceder – en el seno familiar considerado como “objeto y circunstancia psíquica” – a la constitución de su Yo y de la realidad, Lacan se remite a una ponencia de clínica diferencial de las psicosis y de las neurosis. Privado de toda consideración terapéutica, este artículo es paradigmático de la conflictualidad del pensamiento determinismo de la psicosis.

Un determinismo psíquico del tema de la psicosis Lacan no pudiendo todavía suscribirla totalmente, la patogenia psíquica es, de lejos la más desarrollada en ese texto, se ve limitada al tema de la psicosis. Ella se articula alrededor de la noción de “complejo familiar” considerada como la unidad funcional del psiquismo cuyo elemento central es una representación nombrada imago que estructura el inconsciente y deber ser sublimada.

Lacan describe tres complejos – de destete, de intrusión y de Edipo – respectivamente centrados sobre los imagos maternal, fraternal y paternal, los cuales son al origen de las producciones inconscientes o unas reacciones del sujeto y que contribuyen, vía “alguna profundidad afectiva del objeto”, a la constitución de la realidad. Los complejos son calificados “de organizadores en el desarrollo psíquico”.

Recordamos en la psicogénesis de la paranoia, la importancia del complejo de intrusión (que Lacan había subrayado en 1932) – con su correlato emocional, el celo, que interviene en la génesis de la sociabilidad, y su correlato psíquico, la identificación, capital en la constitución del Yo: “El yo se constituye al mismo tiempo que el otro en el drama del celo (…) Así el sujeto, enrolado en el celo por identificación, desemboca en una alternativa nueva en donde se juega la suerte de la realidad”. Si aquella es rechazada, el Yo regresa a un estado arcaico, aquel del estado del espejo, en donde el sujeto es confrontado al imago del doble.

El papel del complejo familiar Como heredero, por cierto protestatario, de Freud, Lacan supone una intrincación de los campos de la sexualidad y de la realidad, el complejo de Edipo interviniendo no solamente en la maduración de la primera, pero también en la aprehensión de la segunda. Establece una correlación entre la constitución del Yo y aquella del objeto, la psicosis siendo caracterizada por una interrupción de la génesis yoica y objetal que determina la forma del delirio – que puede ser de reivindicación, de relación de persecución, alucinatorio o parafrénico, según el estado en cual se produce la interrupción. “Si se caracteriza en efecto cada uno de esos estados (del Yo) por el estado del objeto que le es correlativo, toda la génesis normal del objeto en la relación especular del sujeto al prójimo (…) se reencuentra en una serie de formas de interrupciones , en los objetos del delirio”

Según la cantidad de libido que el sujeto invierta en el objeto, este puede existir separadamente, ser confundido con el Yo (en el delirio) o desaparecer (en la melancolía). El objeto así constituido en el seno de la familia muestra “una alteración progresiva: en su valor afectivo (…) en su individualidad (…) por fin, en su identidad misma”. Los trastornos psicóticos aparecen entonces como estando ligados a la dimensión imaginaria de los objetos familiares, que no esta sin relación con la estructura de la familia.

El papel del objeto familiar El papel de la estructura familiar y de la sublimación Lacan observa una frecuente correlación entre psicosis y anomalía de la estructura familiar: “El grupo familiar reducido a la madre y a la fratría, dibuja un complejo psíquico en donde la realidad tiende a quedarse imaginaria o al menos abstracta. La clínica muestra que efectivamente el grupo así descompletado es muy favorable a la eclosión de psicosis y es ahí que encontramos a menudo unos “délires à deux” Esta anomalía repercuta sobre la génesis del Ideal del Yo que se forma, no desde la imagen parentela pero “desde aquella del hermano”.

Este objeto girando la libido destinada al Edipo sobre el imago de la homosexualidad primitiva, da un ideal demasiado narcisista para no degenerar la estructura de la sublimación”. Así el doble juicio del Edipo – a saber, el rechazo del deseo por la madre y la sublimación de su imago – es trabado y el acceso a la realidad comprometido.

Las conexiones, que Lacan había establecido en su tesis, entre paranoia y complejo fraternal “que se manifiestan por la frecuencia de unos temas de filiación, de usurpación, de expoliación…” se ven aquí confirmadas, mismo que el complemento orgánico.

Un determinismo orgánico de la génesis de la psicosis Refutación de las tesis de de Clérambault y constitucionalistas Después de una larga y brillante ponencia de una teoría psicogenética de la psicosis, Lacan designa el limite “Si hemos querido comprender esos síntomas por una psicogénesis estamos lejos de haber pensado y reducido el determinismo de la enfermedad”

Pero si Lacan es entonces a favor de un cierto organicismo de la psicosis, precisa en una alusión poco amena, que adhiere en nada a las tesis constitucionalistas de la escuela francesa: ” Nosotros hemos querido solamente hacer justicia de esas pésimas patogenias que no podrían pasar actualmente para representar alguna génesis <orgánica> : por otra parte la reducción de la enfermedad en algún fenómeno mental, pretendido automático (…) por otra parte la preformación de la enfermedad en unos rasgos pretendidos de carácter…”

Trastornos de la conciencia y tara de la libido El organicismo de Lacan reposa sobre dos tipos de trastornos:

Un trastorno – cuantitativo o cualitativo de la conciencia, que toma en cuenta el desencadenamiento de la psicosis: “Demostrando en la paranoia que su fase fecunda comporta un estado hiponoico, confusional, onírico o crepuscular, hemos subrayado la necesidad de alguno resorte orgánico en donde el sujeto se inicia al delirio”. Esta concepción se reúne con la noción de destructuración de la conciencia elaborada por Henry Ey. Un trastorno sexual calificado de “tara biológica de la libido” :”En otra parte habemos indicado que es en alguna tara biológica de la libido que era necesario buscar la causa de esta estagnación de la sublimación en donde vemos la esencia de la psicosis”. Si alguna tara es detectable en el psiquismo antes de la psicosis, es a las fuentes mismas de la vitalidad del sujeto, en el plan más radical, pero también el en plan más secreto de sus impulsos y de sus aversiones que debemos presentirla. Subrayamos que en la pagina siguiente, Lacan asocia trastorno de la sublimación y complejo familiar, es decir psicogenia. “Si el aborto de la realidad en las psicosis se tiene en ultima instancia a una deficiencia biológica de la libido, revela también una derivación de la sublimación en donde el papel del complejo familiar es corroborado por el concurso de numerosos hechos clínicos”

Un substrato orgánico teniendo lugar de discriminante estructural Al determinante psíquico de la psicosis – la éxtasis de la sublimación – Lacan supone entonces un substrato orgánico: una tara libidinal, a la cual se adjunta un trastorno de la conciencia en la fase fecunda del delirio.

No se puede olvidar de subrayar el carácter eminente psíquico del substrato orgánico en cuestión – la libido – y la corroboración clínica, en varias ocurrencias, del determinante psíquico. Entonces, si la clínica es lo que autoriza Lacan a rendir la psicosis justificable de una psicogénesis, ¿en que orden de necesidad, si es del orden teórico, responde el recurso a un substrato orgánico?

Sin duda alguna Lacan queda marcado como atestigua su uso de términos que no son sin evocar las tesis mismas que rechaza, por la influencia de la escuela francesa de la cual trata de librase. Pero se puede también tomar la hipótesis que es como discriminante estructural – y caución científica -, y por falta de un mecanismo patognomónico de la psicosis, que la teoría del substrato orgánico es vuelta necesaria.

En efecto, una misma causa traumática parece inducir dos efectos psíquicos estructuralmente distintos: “La reacción del paciente al traumatismo (constituido por la intrusión del hermano) depende de su desarrollo psíquico. Sorprendido por el intruso en el desconcierto de la privación (…) hace entonces una regresión que se revelara, según los destinos del yo, como psicosis esquizofrénica o como una neurosis hipocondríaca”.

La línea de demarcación nosológica, por el Lacan de ese entonces, no pasa tanto como entre neurosis y psicosis que entre afecciones personales y afecciones pre-personales. Así escribe a propósito de las neurosis:

“las instancias psíquicas que (…) fueron aisladas en un análisis concreto de unos síntomas de las neurosis y que han manifestado su valor científico en la definición y la explicación de los fenómenos de la personalidad; hay aquí un orden de determinación positiva que rinde (…) caducos para esos trastornos, las referencias al orden orgánico…” y referente a las psicosis: “Que nos recordemos solamente que esas afecciones respondan al cuadro vulgar de la locura y se tomara en consideración que no se podía convenir de definirlo como una verdadera personalidad, que implica la comunicación del pensamiento y la responsabilidad de la conducta. Una psicosis, que hemos aislada bajo el nombre de paranoia de autopunición no excluye la existencia de una semejante personalidad”.

Es entonces en tanto como fenómeno de la personalidad que la neurosis es plenamente justificable, de una psicogénesis. La psicosis tal como es, se ve relegada a la excepción de una de las formas en las “afecciones pre- personales” que atestiguan de una agenesia subjetiva y objetal más o menos importante cuyo mecanismo es, en ultima instancia, orgánica.

Adquirido en 1938, a la “causa” psicogenética para las neurosis, Lacan se queda cautivado de la organogénesis para las psicosis. No sin tener algunas dudas, sin embargo:

” Queda por establecer si los complejos que juegan unos papeles de motivación y de tema en los síntomas de la psicosis, tienen también un papel de causa en su determinismo; y esa cuestión es obscura”. Seria necesario esperar los desarrollos ulteriores de su pensamiento, particularmente aquellos sobre el orden simbólico, a partir de 1953, para que Lacan pueda depender de esto totalmente, levantar definitivamente la duda y renovar al curso de su seminario del año 1955-1956, su teoría etiopatogénica de la psicosis.

III. El Modelo Forclusivo (1955 – 1958) Introducción

Diecisiete años separan Los complejos familiares del seminario que Lacan dedica, en 1955-56, a las psicosis. Su objetivo es de reconsiderar la concepción freudiana de la psicosis a la luz de sus adelantos teóricos particularmente aquellos que formalizo en:

“Propósito sobre la causalidad psíquica” (1946) que es una critica del órgano dinamismo de Henri Ey en el cual se originaba parcialmente el organicismo de Lacan en 1938, y una afirmación del papel de la identificación (pues del imago y del imaginario) en la causalidad psíquica de la locura. Se le notara el lazo efectuado entre psicosis y lenguaje: “El fenómeno de la locura no es separable del problema de la significación para el ser en general, es decir del lenguaje para el hombre”; La conferencia inédita del 8 de Julio de 1953 sobre lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real – que constituye una introducción al “Informe de Roma” -, en la cual, a partir de un cuestionamiento sobre lo que esta en juego en la cura analítica, Lacan se interroga sobre la palabra (que permite salir del callejón sin salida imaginario de la relación dual y “que constituye la realidad misma”, a sacar los tres registros esenciales de la realidad humana y a definir lo Simbólico como siendo el registro propiamente humano. Es a partir de esos tres registros que Lacan intentara de situar, en su seminario III, las diversas formas de la psicosis; “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (1953), en donde Lacan, a partir de los trabajos de Claude Lévi-Strauss, avanza que “es en el nombre del padre que nos es necesario reconocer el soporte de la función simbólica que, desde el inicio de los tiempos históricos, identifica su persona a la figura de la ley”; “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la “Verneinung” de Freud (1954), en donde a partir del texto de Freud sobre la negación y del comentario que Jean Hyppolite ha hecho, Lacan desarrolla la noción de forclusión de lo Simbólico con aquella, correlativa, de lo Real. La psicosis, forclusión de lo simbólico 1.1. El inconsciente estructurado como lenguaje

“El inconsciente es también el discurso del Otro; El inconsciente es, en el fundo estructurado, tramado, encadenado, tejido del lenguaje. Y no solamente el significante juega ahí un papel muy grande, pero juega también el papel fundamental “; “Una lengua tiene algunas particularidades (…) y eso condiciona hasta en su trama la más original, de lo que pasa en el inconsciente”

Esas varias citaciones ilustran el cambio de concepción del inconsciente en la obra de Lacan:

En 1938, Lacan describía el inconsciente como siendo estructurado por unas representaciones nombradas imagos; En 1955, dice que es estructurado como un lenguaje, lo que implica que representa el mismo carácter de duplicidad (ligado al binario significante / significado) que éste, y el mismo carácter de oposición que el significante; Lacan observa que “el material ligado al conflicto antiguo es conservado en el inconsciente a titulo de significado en potencia, de significante virtual, para ser tomado en el significado del conflicto actual y servirle de lenguaje, es decir de síntoma”. Todavía más, es la realidad humana ella misma que es irreductiblemente estructurada como significante, la situación justa del sujeto humano en la realidad dependiendo de una experiencia puramente simbólica. Lacan saca de ahí dos conclusiones:

La primera, teórica, en donde es afirmado, “la dominancia del significante en los fenómenos analíticos”, es decir inconscientes;

La segunda, clínica: conviene entonces interrogarse sobre la manera de que “el sujeto se sitúa en comparación a el conjunto del orden simbólico”, ese ultimo pudiendo ser el objeto, como es el caso en la psicosis, de un rechazo parcial.

El defecto de simbolización primordial “En la relación del sujeto al simbólico, hay la posibilidad de una Verwerfung primitiva, a saber que alguna cosa no es simbolizada, que va a manifestarse en lo real”, Puede así pasar que alguna cosa de primordial cuando al ser del sujeto no entre en la simbolización y no sea rechazado, sino rechazado”, “No hay entonces al origen, Bejahung, es decir afirmación de lo que es, o Verwerfung”.

En la constitución del sujeto psíquico, Lacan postula un estado primordial de aceptación o de rechazo de un significante fundamental. Es ese rechazo, que nombra forclusión, que considera, en 1955, como siendo el mecanismo constitutivo de la psicosis, en tanto que es un mecanismo de exclusión de la simbolización general estructurando al sujeto.

Ese defecto del significante produce una remisión del conjunto del significante. Lacan tiene ahí una nueva etiopatogenia de la psicosis que consiste desde ese entonces en “un hoyo, una falta al nivel del significante”.

Esto no va sin una resonancia clínica sobre el registro del lenguaje: Lacan observa que hay en la psicosis “una invasión psicológica del significante”, una perplejidad concerniente al significante, una división entre significante y significado, una despersonalización del discurso, una formación de neologismos, pues que “el psicótico es poseído por el lenguaje” y que “la psicosis se declara cuando el sujeto toma la palabra”. Una conclusión se impone entonces: el diagnostico de psicosis necesita la presencia de trastornos del lenguaje y el nudo de la psicosis es ligado de nuevo a una relación del sujeto al significante.

El fracaso de la función paternal “El complejo de Edipo quiere decir que la relación imaginaria conflictiva, incestuosa en ella misma, es destinada al conflicto y a la ruina. Para que el ser humano pueda establecer la relación la más natural, aquella del macho a la hembra, es necesario que intervenga un tercero (…) es necesario una ley (…) un orden simbólico, la intervención del orden, de la palabra, es decir del padre (…) el orden que impide la colisión y la explosión de la situación en el conjunto es fundado sobre la existencia de ese nombre del padre”

Se entiende, en ese citación, que la psicosis tiende, como lo postula Lacan, a las relaciones que el sujeto entretiene con el significante, más particularmente con el significante paternal, esto es la razón de una ecuación entre el significante, lo Simbólico, la Ley y la función paternal. Es esta función paternal, en tanto que función simbólica portadora de la Ley de la prohibición del incesto, que es el resultado del fracaso en la psicosis.

En 1958, lacan sostendrá que, en la psicosis, el Nombre del Padre, forcluye, fracasa en sustituirse al significante del deseo de la madre, haciendo así la cama de una metáfora delirante en lugar y plaza de la metáfora paternal.

El postulado que sostiene, desde 1955, su edificio teórico es que el padre comprende “un elemento significante irreducible a toda especie de condicionamiento imaginario” y, por consecuencia, que la ley fundamental en la estructuración del sujeto psíquico es una ley de simbolización. Lacan precisa que cuando “del campo del otro, viene la llamada de un significante esencial que no puede ser recibido” lo que se sustrae a esta ley hace regresar lo que el llama lo Real, como ilustra su relectura del caso Schreber.

La psicosis, manifestación de lo Real y proliferación del Imaginario Lacan propone, en su seminario III, una relectura del análisis freudiano del caso Schreber. Se puede seguir, en el transcurso de las sesiones, la evolución de la interpretación que Lacan hace:

Así comenta, en Enero de 1956: “La explicación de que él nos da del delirio viene en efecto confluir a esta noción del narcisismo que no es del todo elucida por Freud…”

Y en Julio de 1956: ” La explicación de Freud no da la impresión de esta referido enteramente al narcisismo (…) Pero al fin de cuenta, (…) el pivote (…) de la dialéctica libidinal a la cual se refiere en Freud el mecanismo y el desarrollo de la neurosis es el tema de castración. Es la castración que condiciona el miedo narcisista”; “El análisis de Freud hace girar toda la dinámica del sujeto Schreber alrededor del tema de la castración, de la perdida del objeto falico”.

El análisis de Lacan, cuando a él se refiere, no deja subsistir ninguna duda en que el análisis conduce a poner el acento sobre la importancia de los fenómenos del lenguaje, pues sobre lo Simbólico, en la economía de la psicosis, y en acercarse a los fenómenos constituyentes.

Deja aparecer que el delirio de Schreber es un modo de relación del sujeto al conjunto del lenguaje y que atestigua de una forclusión del significante paternal: “Esto es porque (…) se ha necesitado imaginarse, a él mismo, mujer, y realizar en un embarazo la segunda parte del camino necesario para que sumándose el uno al otro, la función de ser padre sea realizada”.

Por la falta del Nombre del Padre, la Ley es para Schreber, toda entera en la dimensión imaginaria, lo que constituye, dice Lacan, el pivote de sus fenómenos elementales, regreso en lo Real de lo Simbólico forcluido.

La relectura lacaniana del caso Schreber La psicosis, manifestación de lo Real “La categoría de lo real es esencial en introducir (…) Yo le doy ese nombre en tanto que ella define un campo diferente de lo simbólico. Es de aquí solamente que es posible esclarecer el fenómeno psicótico y su evolución” Si Lacan liga Real y Simbólico, es que lo Real es “una categoría producida por lo Simbólico que corresponde a que este expulsa instaurándose” Dos aceptaciones son propuestas en el seminario III:

Lo real como reaparición del no-simbolizado. Habremos reconocido la formula: “El no-simbolizado reaparece en lo real” Recordemos que el no-simbolizado, en la psicosis, es el Nombre del Padre y su función de castración; Lo Real como dimensión diacrónica del discurso, por oposición a lo Simbólico, encarnado por la significación. A considerar esas tres afirmaciones de Lacan:

“En los casos de psicosis vemos revelarse (…) ese discurso interior…”; “El inconsciente es también el discurso del otro” y “La cuestión no es tanto de saber porqué el inconsciente (…) queda excluido para el sujeto no asumido – pero porque aparece en lo real”, sabemos que es el discurso interior – pues inconsciente y desprovisto del Nombre del Padre – que regresa en el delirio místico del presidente Schreber. Lacan precisa que ese real del fenómeno elemental aparece bajo el registro de la significación, dicho de otra manera, de lo Imaginario.

La psicosis, proliferación del Imaginario “El sujeto, falta de poder de ninguna manera restablece el pacto del sujeto al otro (…), entra en otro modo de mediación (…), sustituyendo a la mediación simbólica un hormigueo, una proliferación imaginaria”.

El imaginario, que designa “la relación al imago del semejante y al cuerpo propio”, es el registro del Yo, de la identificación, de la relación dual y del narcisismo, característicos del estado del espejo. Es “el otro lugar” en el cual reaparece el rechazado en la psicosis.

La imposición del Imaginario en la psicosis tiende principalmente a dos fenómenos:

La represión tópica del sujeto al estado del espejo, tal como es manifestada por el presidente Schreber cuyo estudio del delirio, nos comenta Lacan, “tiene el interés eminente de permitirnos de agarrar de una manera desarrollada la dialéctica imaginaria”, en efecto, “los dos personajes al cuales el mundo se reduce por el presidente Shreber, son hechos el uno en relación al otro, uno ofrece al otro su imagen invertida”. Lacan precisara en les Ecrits, que su identidad es reducida a la confrontación a su doble psíquico que rinde patente su regresión al estado de espejo. Una identificación del sujeto al Yo que Lacan hacer figurar, en su esquema L de la dialéctica intersubjetiva, sobre el eje a-á del Imaginario: “En el sujeto normal (…), toda asunción del Yo es revocable. En el sujeto psicótico al contrario, algunos fenómenos elementales, y especialmente la alucinación que es en la forma la más característica, nos muestra el sujeto completamente identificado a su yo con el cual habla o el yo totalmente asumido sobre el modo instrumental”. Lacan agrega, retomando un tema freudiano, que la cuestión del Yo (o ego) es primordial en las psicosis por ser el que, en su función de relación al mundo exterior, sufre un fracaso. Su reflexión sobre “el extraño gemelo del yo”, El Yo Ideal, que califica de “Gordo del delirio”. Lo conduce a postular la existencia, más allá del pequeño otro del Imaginario, de un grande Otro simbólico, correlato necesario de la palabra. En efecto, si manifiesto que sea el registro imaginario en los fenómenos psicóticos , sus mecanismos ahí no se reducen.

Tal es en 1955-1956, el principal avance de Lacan en el campo de las psicosis y el asentamiento teórico que le permite de constituirlos en estructura.

La noción de estructura La psicosis como estructura “…Construir para la psicosis una estructura admisible” constituye el objetivo que se impone Lacan en el seminario III. Y es por la relectura del caso Schreber que lo logra.

En Estructura y perversiones, Joel Dor define la noción de estructura en esos términos “epistológicamente, una estructura es, ante todo, un modelo abstracto, en la especie : a) un conjunto de elementos ; b) de leyes de composición internas aplicadas a esos elementos. En el campo de la sicopatología, él precisa, el enfoque semiológico y nosográfico situando de entrada, la investigación más allá de las consideraciones puramente cualitativas o diferenciales”.

En el seminario III, Lacan hablando de la estructura dice ” es primeramente un grupo de elementos formando un conjunto variante”, que es una noción analítica, y sobretodo que ella es tomada del lenguaje. En otros términos, “La noción de estructura es ya por ella misma una manifestación de significante” y las dos nociones “aparecen inseparables”. Radicalizando el termino de Lacan y esperando no traicionarlo, se puede afirmar que a partir de 1955, la estructura, es el significante en tanto que es operante en la neurosis y inoperante en la psicosis.

En la clínica, el punto de referencia estructural consiste entonces en el punto de referencia de una carencia , de la ausencia de un rasgo diferencial. Lacan lo formula en esos términos: “…la notación de una ausencia es extraordinariamente importante para la localización de una estructura”.

Más allá de su aplicación clínica, el descubrimiento tan esperado, de un operador conceptual permite de hacer un diagnostico diferencial teórico mayor, tanto en el dominio de lo patológico que en aquel de lo normal.

En 1938 , Lacan oponía cultura y instinto, haciendo de la primera la característica del orden humano. El 1955, es más precisamente el orden significante que Lacan designa como tal y que le permite delimitar el campo propiamente psicoanalítico: ” Si el reconocimiento de la posición sexual del sujeto no es ligada al aparato simbólico, el análisis, el freudianismo, ya tiene que desaparecer (…) El sujeto encuentra su lugar en el aparato simbólico preformado que instaura la ley en la sexualidad. Y esta ley no permite al sujeto de realizar su sexualidad que en el plano simbólico. Es lo que significa el Edipo, y si el análisis no supiera eso, no tendría absolutamente nada de descubierto”

Lo propio del hombre reside entonces, no en lo imaginario el cual caracteriza el mundo animal y aquel de la infancia en su periodo pre-edipiano, pero en lo Simbólico. Así, lejos de ser solamente un médium, el lenguaje existía antes del sujeto y puede determinarlo en eso que el Edipo tiene una estructura simbólica.

Su travesía, indispensable a una justa aprehensión de la realidad, consiste en la adquisición al orden significante, constitutivo de la realidad humana, Lacan tiene una formula más resumida: el complejo de Edipo, es la introducción del significante.

Al principio de su seminario, Lacan se propone constituir la psicosis en estructura y podemos constatar, en el transcurso de sus sesiones, que esta teorización de la destructuración psíquica conduce a una teoría de la estructuración subjetiva. Freud decía que lo patológico esclarece lo normal Es en todo caso lo que ilustra la aproximación estructural de la psicosis aquella que vamos ahora a considerar en la fecundidad y la especificidad.

Estructura de la psicosis y la estructura del sujeto Fecundidad y especificidad de la aproximación estructural de la psicosis La “estructura- génesis” permite a Lacan refutar la organogénesis (que considera como una cuestión caduca) y la psicogénesis (“el gran secreto del psicoanálisis, es que no hay psicogénesis”) que califica de hipótesis estériles por el hecho que las dos reposan sobre la presuposición de una entidad unificante : el Yo. Notaremos la critica implícita de los postulados de la corriente anglosajona de la psicología del Yo. Lacan se opone, implícitamente a las aproximaciones psiquiátricas (organogenética y psicogenética) a la aproximación psicoanalítica que es ella estructural : “En ninguna parte (…) la concepción falaz de un proceso psíquico en el sentido de Jaspers, en donde el síntoma seria que el indicio, no esta fuera de propósito que en el abordaje de la psicosis, porque en ninguna parte el síntoma, si sabemos leerlo, no esta más claramente articulado que en la misma estructura.

Desde el seminario III, Lacan afirma que el único modo de abordar la psicosis conforme a el psicoanálisis es de preguntarse si en el registro mismo o en el fenómeno nos aparece, es decir, en aquella de la palabra.

La puesta al día de un discriminante de la psicosis permite a Lacan de refutar progresivamente la tesis desarrollada en Los complejos familiares, tesis que descansa, sobre el Imaginario, particularmente sobre la inmadurez del Yo y, correlativamente, de la relación de objeto:

En un primer tiempo del seminario, el mecanismo imaginario reemplaza el complejo en la génesis de la forma de la psicosis: “…el mecanismo imaginario es lo que da su forma a la alineación psicótica, pero no su dinámica”. En un secundo tiempo, ese mecanismo es eliminado, no sin algunas precauciones verbales, en beneficio de lo Simbólico, que explica de la forma como de la dinámica de la psicosis. Así se expresa en relación al delirio. “Yo quise mostrarle que se esclarecía en todos sus fenómenos, y creo poder decir en su dinámica, en referencia a las funciones y a la estructura de la palabra”. En “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, ninguna duda subsiste: “…ninguna formación imaginaria es especifica, ninguna es determinante ni en la estructura ni en la dinámica de un proceso. Y es porque nos condenamos de perder la una y la otra cuando (…) no queremos tomar en cuenta la articulación simbólica que Freud a descubierto al mismo tiempo que el inconsciente y que le es en efecto consubstancial”.

Desde entonces, Lacan puede formalizar su teoría forclusiva de la psicosis en un esquema nombrado I o “esquema de Schreber”, que consiste en una transformación del esquema R de la estructuración subjetiva.

Es esquema pone en evidencia “las alteraciones que resultaron de ese defecto de inscripción (del Nombre del Padre) al nivel de la organización subjetiva” : …la ausencia del falo imaginario permitiendo al infante de estructurarse como sujeto bajo la mirada del Otro…”, y los reajustes de los tres registros con lo que Jöel Dor llama “la agenesia del Simbólico y del Imaginario”.

Dos de los aportes de la aproximación estructural de la psicosis fueron mencionados: la puesta al día de un operador conceptual patognomónico de la psicosis y la elaboración de una teoría del sujeto psíquico como efecto del significante. Existe un tercero, que viene corroborar uno de los aspectos de la primera concepción lacaniana de la psicosis: evocada en 1932, en términos de beneficio, ella es considerada, en 1955, no solamente como defecto de simbolización, pero también como revelación de ese discurso interior cuyo sujeto normal se desvía, nos dice Lacan.

Parecería que toda concepción nueva de patológico no vaya sin una redefinición del campo de la normalidad: así, el sujeto normal seria aquel que ignora lo que el sujeto psicótico – que Lacan califica de mártir (en el sentido etimológico) del inconsciente – atestigua.

Habría entonces un saber de lado de la psicosis. Esta concepción de la psicosis no es sin evocar esta pre-clásica de la locura: “…La locura fascina porque es saber. Ella es saber porque todas esas figuras absurdas son en realidad los elementos de un saber difícil, cerrado, esotérico (…) Ese saber, tan inaccesible, y tan temible, el Loco, en su necedad inocente, lo detiene. Mientras que el hombre de razón y de sabiduría percibe solamente unas figuras fragmentarias…”.

Concluimos por la especificidad del acercamiento estructural lacaniano. Si la aproximación freudiana descansa sobre las dimensiones meta psicológicas de la tópica, de la dinámica y de la economía, así que sobre las instancias del Ello, del Yo, y del Superyo, aquella de Lacan se funda sobre los registros de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real.

Es a la articulación de esos tres registros y a sus implicaciones en la estructura subjetiva que Lacan dedicara sus investigaciones en el transcurso de los años 1970, muy particularmente en los seminarios R.S.I. (1974 – 1975) y El Síntoma (1975 – 1976), ultima gran etapa de su reflexión sobre la psicosis.

IV. El Modelo Borromeo (1974 – 1976) Introducción

En el seminario El Síntoma (1975 –76), el ultimo gran avance teórico de Lacan en materia de psicosis toma como inicio una interrogación sobre la locura : ” ¿A partir de cuando es uno loco? se pregunta Lacan. Para tentar de contestar a esa difícil pregunta, Lacan estudia la vida y obra del escritor irlandés James Joyce (1882 – 1941), cuyo estilo se caracteriza por una desorganización de más en más marcada del lenguaje. El encuentro con la clínica joyciana conduce Lacan a reconsiderar su teoría estructural de la psicosis formulada veinte años antes.

Antes de abordar esta ultima gran etapa del recorrido lacaniano, pongamos algunos hitos:

1958: Desde ” De una cuestión preliminar…”, Lacan parece tomar en cuenta la posibilidad de una suplencia a la forclusión del Nombre del Padre: “Nadie duda que la figura del Pr. Flechsig (…) no haya podido reemplazar el vació súbitamente apercibido de la Verwerfung inaugural”; 1963: El 20 De noviembre en lugar de la sesión única del seminario interrumpido sobre los Nombres del Padre que Lacan comentara en el R.S.I., que si su titulo era en plural, estaba bien por tener alguna idea de la suplencia; 1966: En una presentación de las Memorias del presidente Schreber en su traducción francesa, Lacan define la paranoia como “una identificación del goce en el lugar del Otro como tal”. El tema del goce va tomar una importancia creciente en la obra de Lacan, en la medida en donde, a partir de los años 1960, la psicosis va ser caracterizada no solamente por un desencadenamiento del significante, pero también por la invasión de un goce no regulado; 1967: En el “Pequeño discurso a los psiquiatras”, Lacan dice del psicótico que tiene el objeto a – resto, causa del deseo, de la doble operación (alineación y separación) de causación del sujeto – en su bolsillo, dicho de otra manera dice que en la psicosis, el sujeto no esta separado del objeto; 1972: Introducción del nudo borromeo en el seminario “Ou pire”; 1973: retoma del nudo borromeo al fin del seminario “Encore”; Identificación de los tres círculos a los tres registros de lo Imaginario, de lo Simbólico y de lo Real en el seminario “Les Non dupes errent”; 1974–75: En el seminario R.S.I., que inaugura, después de la era de lo Imaginario y aquella de lo Simbólico, la era de lo Real, Lacan pone al día, con los nudos borromeanos, la equivalencia de los tres registros – que tiene la misma consistencia – y la necesidad de adjuntar una instancia nombrada, el Nombre del Padre, transformando así el nudo borromeo en tres círculos en un nudo borromeo con cuatro círculos. Indicando la posibilidad de una disyunción entre ese cuarto elemento y el Simbólico, Lacan introduce el concepto de suplencia del Nombre del Padre y cierra su seminario sobre tres nominaciones: aquella de lo Imaginario como inhibición, aquella de lo Real como angustia y aquella del Simbólico como síntoma. Ese seminario anticipa largamente sobre los temas que serán desarrolladas el siguiente año, de un punto de vista más clínico en El síntoma. La estructura nodal de la subjetividad La psicosis, defecto del nudo borromeo de la estructura Desde su “identificación”, en 1953, Lacan recure a los registros de lo Real, de lo Simbólico y de lo Imaginario (R.S.I.) para rendir cuenta de la realidad humana:

“Por una parte, la interacción de esas tres instancias comprueban lo isomorfo a la dialéctica edipiana (…) por otra parte, el nudo de esos tres registros esboza el modo de estructuración de la subjetividad”. Es con ese doble titulo que lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real son de nuevo convocados en 1975 – 1976, en El Síntoma.

Refutando el postulado cartesiano de la disyunción del pensamiento y de la superficie, Lacan va hacer de la figura topológica del nudo borromeo el suporte de nuestra consistencia. Que el nudo sea el soporte del sujeto aparece claramente en la formula “Es de la presión del nudo que el sujeto se condiciona” y el la escritura misma del nudo, $, en donde se reconocerá la escritura del sujeto tachado por el orden significante. Los círculos del nudo figurando los tres registros de la subjetividad, aquellos toman común medida en lo que Lacan llama “La tranza subjetiva”. Esta equivalencia de los registros pone un termino al primado de lo Simbólico que caracteriza la teoría estructural de los años 1950.

Con el nudo borromeo, Lacan reconsidera la cuestión de la estructura a la luz de lo que califica de “lógica de saco y cuerda”: “Hay una dinámica de los nudos, ça ne sert à rien, mais en fin ça serre”; “ce que la corde prouve, c’est qu’un sac n’est clos qu’à le ficeler” Ese nudo supone el pasaje de una triplicidad a una cuaternidad.

La cuaternidad, soporte del sujeto “Tous les tabourets n’ont pas quatre pieds. Il y a qui se tiennent debout avec trois. Mais alors, il n’est plus question qu’il en manque un seul, sinon ça va très mal” Esa citación del seminario III dejar pensar que desde 1956, Lacan tenia algunas intuiciones de la estructura cuaternaria del sujeto. Si había subtitulado R.S.I. 123 (el uno hablando de lo Simbólico, el dos de lo Imaginario y el tres de lo Real es bajo el signo del cuatro, soporte de la nominación que plaza El Síntoma.

En R.S.I., Lacan reaporta el desbloqueo de esas tres dimensiones a su lectura de Freud. Observa que, en ese ultimo. Lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real, implícitos, no tienen que agregarle un cuarto termino, aquel de la realidad psíquica, que no es otro que el complejo de Edipo, el cual consiste principalmente en un nuevo anudamiento: “Porque anudarse de otra forma, es lo que hace el esencial del complejo de Edipo, y es en lo que opera el análisis”

En El Síntoma, Lacan reafirma que es porque el ser humano se especifica de tres funciones distintas que es necesario una cuarta, aquella del Padre o del Síntoma, para anudar y “es necesario desde entonces suponer tetrádico el lazo borromeo”

Esta teorizacion de la estructura del sujeto es correlativa de una modelisacion de su destructuración.

La psicosis, “lapsus del nudo” Si el sujeto se condiciona del cierre del nudo, conviene entonces examinar las consecuencias de su denudamiento y de considerar la psicosis como una modalidad de ausencia o de fracaso de la nodalizacion subjetiva. En efecto, dice Lacan, “Hay unos fallidos del nudo como del inconsciente” Nos apoyaremos para rendir cuenta de esos fallidos de la nodalidad borromea de la estructura, sobre un articulo de Pierre Skriabine, (La clínica del nudo borromeo), que escribió en 1989, integrando unos elementos teóricos salidos de seminarios anteriores y posteriores de “El Síntoma”.

El anudamiento borromeo, que contiene – tres o cuatro consistencias – puede fracasar:

porque hay una rotura o inconsistencia de uno de los registros o del cuarto elemento, Es por ejemplo lo que se produce para el presidente Schreber referente al llamado del significante forcluido, encuentra le deficiencia el Simbolico; Porque hay una indistinción o una puesta en continuidad de los registros. Es el caso en la posición paranoica; Porque los registros son profundamente disociados, como eso sobreviene en “la locura común” que evoca Lacan en R.S.I. y en “EL Síntoma”; Por fin porque han sobrevenidos unos errores de nudamiento ligados a la carencia paternal, como lo ilustra el caso de James Joyce. Esas diversas modalidades de “lapsus del nudo” se traducen entonces por “diferentes clases de arreglos o de rearreglos de R. de S. y de I.”

Una teoría de la suplencia del Nombre del Padre Joyce o “la evasión de la psicosis” “¿Joyce era loco? Se pregunta Lacan en El Síntoma, dejando de lado toda consideración nosológica. Diferentes aspectos de la vida y de la obra del escritor lo lleva a esta pregunta:

en primer lugar, el estilo de Joyce, que Lacan califica “de enigma llevada a la potencia de la escritura” “al punto que termina por romper, disolver el lenguaje mismo” y que atribuye a una cierta relación impuesta a la palabra. Lacan observa que el nombre mismo de Joyce tiene una relación a joy, al goce y que “ese goce es la única cosa de su texto que podamos atrapar. Ahí es su síntoma”. Joyce maneja entonces “la carta fuera de los efectos de significado con fines de goces puros” y que Joyce espera de eso el renombre, nota Lacan quien se inclina entonces sobre la relación del escritor a la figura paternal. La relación de Joyce a la figura paternal. No es tan, en efecto, el deseo de renombre en si, que intriga Lacan que el hecho que este se inscriba en la relación de Joyce con su padre de quien dice que lo reniega, quedando al mismo tiempo arraigado en él. En consideración, las formulas lacanianas, pudiendo a menudo ser interrogativas, son al menos insistentes: “Joyce tiene un síntoma que parte de que su padre era carente, radicalmente carente (…) es de ese querer un nombre que Joyce ha hecho la compensación de la carencia paternal”; “El deseo de joyce de ser un artista que ocuparía todo el mundo (…) ¿no es exactamente el compensatorio del hecho que su padre nunca fue para él un padre? No hay ahí como una compensación de esta demisión paternal de esta Verwerfung de hecho que en eso que Joyce se sintió imperiosamente llamado (…) a valorizar el nombre que le es propio a costa del padre? Es a ese nombre que el quiso que se haya rendido homenaje que él mismo rechazo a quienquiera” La relación de Joyce a su cuerpo propio, ilustrado por dos episodios – relatados en una obra autobiográfica – en donde el comprueba de un inhabitual despego frente a él mismo, describiéndolo como ” alguna cosa que solamente pide irse, que tiene que dejar como un pellejo”: el episodio de la golpiza recibida o de “una cierta potencia quitándola de este enojo súbitamente tejido, tan fácilmente que una fruta se deshace de su piel tierna y madura” y de las manos doloridas que “se quejaban como si no fuesen de él y que de ellas hubiera tenido piedad”. Lacan observa que esa deflación narcisista, esta “forma de dejar caer del cuerpo propio es totalmente sospechoso para un análisis” y lo devuelve a un defecto del nudamiento de lo Imaginario. Las creencias de Joyce y , en primer lugar, su creencia de sus dones artísticos: “Ese pobre diablo se ha concebido como un héroe”, donde “piensa que de artista es el único, que ahí, es singular”. Lacan subraya que, en su arte, Joyce encuentra su punto de expresión. En secundo lugar su creencia mística. Se hubiera creído, en alguna medida, redentor. Lacan subraya, que en todo tiempo, esta creencia se inscribe en una relación al padre. Por fin, su creencia en los dones de telepatía de su hija Lucia: hay ahí un punto de certeza para Joyce y el testimonio, según lacan, de la carencia paternal; Las “epifanías” de Joyce, es decir los momentos de éxtasis relatados en su obra, que representan la manifestación de lo que en el lapsus del nudo , Real e inconsciente se anudan y tienen entonces en lugar del goce falico que Lacan sitúa, en el nudo borromeo, a la intercesión de lo Real y de lo Simbólico; En último lugar, la relación de Joyce y su esposa Nora, de la cual Lacan dice, a contra corriente de su formula, que es una relación sexual, porque “no hay relación que si hay síntoma”. De Nora, lacan habla como del nudo.”Ella no sirve absolutamente de nada”; “Non seulement il faut qu’elle lui aille comme un gant, mais il faut qu’elle serre comme un gant”. Haciendo de aquella para Joyce como de toda mujer para un hombre, un síntoma. El síntoma, es, según la bella formula de Jean-Jacques Racial “ce fil quatrième qui permet à la structure, quelle qu’elle soit de ne pas se dénouer dans une confusion mentale”. Esta definición presenta el interés de poner en evidencia la identidad de la función sintomática – real – con la función paternal – simbólica – las dos siendo el nudamiento. Es por el hecho que el viene ” en lugar mismo en donde el nudo fracasa en donde hay un lapsus del nudo”

Lacan propone en su sesión del 10 de Febrero de 1976, de considerar el caso de Joyce como una modalidad de suplencia al rompimiento de la estructura. Es en la nominación que resida esta suplencia en donde más exactamente el renombre, es decir, “una secunda operación de nominación” necesitada por la “reducción del nombre propio al nombre común” que evoca Lacan al termino de esta lección. Según Lacan, Joyce no se priva de usar lógicamente del síntoma, haciendo de su arte “el verdadero garante de su falo” y apuntando, por él, el cuarto termino del nudo.

El instrumento de esta modalidad de suplencia es lo que nombra Lacan el ego, que define como siendo “la idea suya como cuerpo”, Si uno se refiere a esta definición, el ego de Joyce, como lo atestigua el episodio de la golpiza es desfalleciente. Pero Lacan precisa, en su sesión del 11 de Mayo de 1976, que Joyce tiene un ego de otra naturaleza que aquel que funciona en el momento de la paliza, un ego para el cual la escritura es esencial y que llena una función de suplencia.

Joyce presenta entonces un defecto de nudamiento borromeo de la estructura, traduciéndose por un defecto de nudamiento de lo Imaginario, al cual la suplencia lleva un proceso de compensación nombrado síntoma que, a la vez restituye la nodalidad borromeana y la exonera de la psicosis.

El síntoma como suplencia La psicosis exorable ¿Por qué Joyce no habría sido loco? Se interroga Lacan porque “en la mayoría, lo simbólico, lo imaginario y lo real son mezclados al punto de continuarse el uno en el otro (…) y por lo tanto no es un privilegio de ser loco”

En 1975 como en 1955, el punto de referencia diagnostico en Lacan se funda sobre las categorías de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real. Sin embargo la analogía se queda aquí, ya no hay primado de lo Simbólico, pues de la función paternal, pero con Joyce, la forclusión del Nombre del padre parece de estructura.

“Es un error de pensar que ese nudo sea una norma para la relación de las tres funciones que existen en el ser que por ese hecho se cree hombre (…) El cuarto en la ocasión es el síntoma. Es también igualmente el Padre (…) el Padre es por fin solamente un síntoma (…) La existencia del síntoma es implicada por la posición misma por el lazo de lo imaginario, de lo simbólico y de lo real enigmático”.

Según la teoría forclusiva, la función paternal era presente en la neurosis y faltante en la psicosis. A la luz del borromeanismo, se vuelve un suplemento sintomático en la neurosis y puede ser “suplenciable” en la psicosis.

La pérdida de la exclusividad de la función paternal es correlativa de una pluralización de los Nombres del Padre y de modalidades de suplencia de la forclusión:

Por el síntoma, en el sujeto neurótico; por el síntoma, así como lo construye Joyce en ¿<estado limite>? por unas suturas y puestas en continuidad, como en la paranoia; por una metáfora delirante, como aquella que construye Schreber, dicho de otra manera, por lo Imaginario y lo Real, como por lo Simbólico. Esta generalización, vía el síntoma, de la función paternal vuelve esté por supuesto muy necesario, que el Padre se vuelve superfluo: ” Es porque en el psicoanálisis, de lógralo, prueba que el Nombre del Padre, no se puede tomar en cuenta a condición de utilizarlo” Con esas premisas, la psicosis, lapsus del nudo, ya no es ineluctable consecuencia del fracaso del rechazo originario, y el síntoma en su función de suplencia, se vuelve un instrumento de equilibrio de la estructura. Es entonces a un verdadero derrumbamiento dialéctico que se libra Lacan al fin de su recorrido.

Concluimos sobre el borromeanismo diciendo que si la forclusión es general y la función normativa del padre sintomático, entonces sin duda Joyce esta loco, pero con una locura común, y es en el buen uso del síntoma que él nos introduce.

Conclusión Al término de este estudio diacrónico y critico de la teoría lacaniana de las psicosis, emergen tres grandes enfoques etiopatogénicos que una mirada retrospectiva podría calificar de respectivamente centrados sobre los registros de lo Imaginario, de lo Simbólico y de lo Real, devolviéndolos por ese hecho, particularmente ilustrativos de ese corpus:

Un enfoque organogenético (1932 – 1938), reagrupando los modelos dichos personal y complexual, que sitúa la inducción de los fenómenos psicóticos en una agenesia del Yo y del objeto – ligado a una fijación libidinal del sujeto en un estado más o menos arcaico de su desarrollo (narcisismo primario o secundario) – correlado a un trastorno orgánico generalmente contemporáneo del desencadenamiento de la enfermedad. Esta organogénesis se arraiga en la teorización de un determinismo andrógeno de la psicosis; Un enfoque estructural (1955 – 1958), correspondiente al modelo forclusivo, que se caracteriza por un defecto de simbolización de la Ley ligada al fracaso del rechazo originario y a la forclución de un significante primordial – el Nombre del Padre -,operador conceptual discriminando la psicosis de la neurosis, Este segundo enfoque vuelve caduco el recurrir a la organogénesis; Un enfoque topológico (1974 – 1976) representado por el modelo borromeo y caracterizado por un defecto de nudamiento de los tres registros constitutivos de la estructura del objeto, que puede ser sustituida por un cuarto termino teniendo lugar de Nombre del Padre. Este tercero enfoque, centrado sobre lo real del nudo y correlativo de una pluralización de los Nombres del Padre, constituye una reformulación de la noción de estructura psíquica y una reevaluación de la función paternal. Estas diferentes modelizaciones del tropiezo de la constitución subjetiva son subtendidas por una evolución del estatuto del síntoma, de la concepción del sujeto y de su estructura, de las perspectivas terapéuticas y, más generalmente de la definición de lo normal y de lo patológico.

Hecho, en los años 1930, de una fijación evolutiva con un complemento orgánico y, en los años 1950, del fracaso de la metáfora paternal, el síntoma toma, con el borreanismo, una dimensión del todo singular del nudamiento de la estructura del cual se vuelve solidario. Esta función nueva de suplencia le valdrá de ser renombrado sínthome.

El sujeto, él, es, para Lacan , el sujeto del inconsciente ; vale decir que antes de 1936, es cuestión que de persona. La primera concepción lacaniana del sujeto descansa sobre lo Imaginario: a partir de una teorización del estado del espejo, Lacan puede afirmar que “Es en el otro que el sujeto se identifica y hasta se experimenta ante todo”. Desde ese entonces, la condición de alineación del sujeto lacaniano surge. Con la llegada de la teoría estructural de los años 1950, “es el orden significante que causa el sujeto estructurándolo en un proceso de división que hace surgir el inconsciente” El sujeto lacaniano es entonces dividido por el lenguaje, atrancado a el mismo, sometido a la orden significante quien lo determina, heterónomo. La tercera teorización lacaniana del sujeto es topológica y hace de aquel un efecto de nudamiento de los registros R.S.I., que limita el goce y encierra el objeto por causa del deseo.

La impotencia de la referencia de la orden natural (instinctual) para rendir cuenta de los fenómenos humanos tan normales que patológicos había conducido Lacan a identificar, en los años 1950, los tres registros esenciales de la realidad humana y a afirmar la preeminencia de uno de ellos, lo Simbólico, en la constitución del sujeto, antes de darles, en los años 1970, su valor y, por consecuente, de retirar a lo Simbólico la exclusividad de su función de nudamiento de la estructura por la cual viene a preguntarse – con la teoría de la suplencia- la cuestión de su mutabilidad, y eso, además: que el concepto mismo de forclución es remanejado: esta ultima se generaliza a la neurosis – la cual no es ejemplo de fenómenos de real – y se vuelve suplente.

Conviene entonces preguntarse sobre el estatuto de la forclusión del Nombre del Padre al fin de la obra de Lacan: si este operador conceptual queda operatorio en la clínica, ¿puede todavía considerarlo de un punto teórico, como patognomónico de la psicosis?

La conceptualización de lo que algunos lacanianos llaman la forclusion generalizada ¿no invalida en ese caso la forclusión tanto como criterio metapsicológico discriminante de la psicosis? Entonces la obra de Lacan, igual que la de Freud, dejarían el problema para volver a pensarlo.

Las perspectivas terapéutica efectúan una revolución completa: arrancando , en 1932, la psicosis a las tesis constitucionalistas y degenerativas, Lacan había predicado su posibilidad de curación al menos por una de sus formas. La introducción de acercamiento estructural, en los años 1950, lo había vuelto irreversible, hasta que la teoría borromeana le restituye, en los años 1970, una modalidad de tratamiento.

Por fin, el pensamiento lacaniano no ha sido sin trastornar la definición no solamente de la entidades clínicas, pero también de lo normal y de lo patológico: salido de una critica de unas teorías deficitarias de la psicosis, Lacan no ha cesado de afirmar una concepción de más en más humanizada de la locura. Más todavía, la estructura de la psicosis no es al final de su recorrido una variante de la neurosis, como lo ilustraba el esquema I “el modelo del nudo real de todo síntoma” incluyendo el neurótico. Así es sobre un movimiento de acercamiento, inverso al movimiento inicial de distinción, de lo normal y de lo patológico que se termina ese recorrido lacaniano sobre la psicosis cuyo alcance exceda el campo de la psicopatología, pudiendo ser psicoanalítica, para encontrase con la antropología filosófica.

Bibliografía

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Otras obras y artículos

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Por: Dr. Jean-Claude Maurice Dijon-Vasseur


Dr. Carlos Bonilla Cortés

El Doctor Carlos Bonilla Cortés es Psicólogo & Psicoanalista. Atiende su Clínica Privada en la Torre Médica de Momentum Pinares, San José, Costa Rica.

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